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Alcalá de Guadaíra en el Diccionario de Madoz

 Alcalá de Guadaíra en el Diccionario de Madoz

Alcalá, en la fotografía más antigua que se conoce del pueblo, tomada posiblemente en 1860, diez años después de la publicación del ‘Diccionario’ de Madoz

En 1850 el político, editor y geógrafo Pascual Madoz daba a la imprenta una de las obras más ambiciosas de nuestra historia contemporánea: el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Transcurridos 170 años desde su publicación, los 16 volúmenes de aquel compendio geográfico y estadístico constituyen una fuente esencial para comprender la España del siglo XIX. En sus páginas aparecen descritos con todo lujo de detalles pueblos, ciudades, cortijos y pedanías de un país que luchaba inútilmente por recuperarse de su permanente estado de catalepsia y que, a pesar de todo, conservaba intacto el encanto que había seducido a los viajeros foráneos del Grand Tour entre mediados del siglo XVII y la década de 1820.

Vinculado al Partido Progresista, Madoz ocupó el Ministerio de Hacienda y presidió el Consejo de Ministros tras la caída de Isabel II

Para cumplir con su propósito, Madoz recurrió a la colaboración de secretarios de ayuntamientos, jueces de paz, eruditos y párrocos locales que le suministraban información de primera mano desde todos los puntos del país. A esta red de “corresponsales” se debe probablemente la detallada relación que el popular diccionario ofrece sobre la villa de Alcalá de Guadaíra o de los Panaderos, pues de ambos modos se denomina a la localidad en su correspondiente entrada. En un reciente estudio acometido por el alcalareño Marcos Fernández Gómez, jefe del Servicio de Publicaciones, Archivo y Hemeroteca del Ayuntamiento de Sevilla, el texto proporciona una “descripción muy completa de la Alcalá de mediados del siglo XIX, una fotografía de un momento histórico en el que la ciudad tenía unos 6.000 habitantes” (Alcalá de Guadaíra en los diccionarios geográficos del siglo XIX).

Como es lógico, en aquella fotografía tomada hacia 1850 se resaltaban los monumentos más representativos de la localidad, como los molinos harineros de larga tradición histórica, las parroquias de Santiago el Mayor y San Sebastián, la iglesia de San Miguel, la ermita de San Roque, el santuario de Nuestra Señora del Águila y el castillo, al que dedica una rigurosa y extensa presentación en la que se reitera su lamentable estado de abandono. Pero su autor se recrea en las bondades de los paisajes alcalareños y de sus alimentos. “(…) Por sus contornos y amenos paseos, goza en Andalucía de una justa celebridad, y de un renombre de eminentemente salubre, que motiva vayan a convalecer allí muchos enfermos, especialmente en la primavera, y otras mil enfermas por solo gozar de las encantadoras vistas de su término”. A este respecto el artículo recuerda que en la epidemia de fiebre amarilla de 1800 Alcalá de Guadaíra no sufrió las acometidas de la enfermedad. No obstante, sus habitantes sufrían otras afecciones propias “del exceso de tono, como irritaciones sanguíneas, hemorragias, hipertrofias del corazón, etc., en cuyo desarrollo influye no pocas veces el uso de licores espirituosos, y el violento ejercicio de la elaboración del pan, a que se dedica una gran parte del vecindario”.

En la entrada sobre Alcalá, el ‘Diccionario’ de Madoz ya la nombra “de los panaderos”

En aquella España eminentemente rural, Alcalá gozaba de buenas frutas, legumbres y hortalizas, vino, aceite, abundantes pastos naturales, ganado vacuno y lanar, canteras de “piedra tosca o franca” en las inmediaciones de la población… Y en las mesas de la provincia eran especialmente apreciados productos como su “aceituna gordal, que se dice ser la más gruesa de Europa, y el trigo, con el que se hace un pan de extraordinaria blancura, que diariamente se conduce a Sevilla, en cantidad próximamente de mil fanegas; esto ha dado lugar a que se llame a la villa Alcalá de los Panaderos”. Tal era la dependencia que existía en Sevilla del pan de Alcalá que sus vendedores no pagaban el derecho de portazgo, un impuesto de tránsito que debía satisfacerse junto al humilladero de la Cruz del Campo.

Ese mismo camino que conducía a la capital era el que recorría el popular acueducto que todavía hoy se recuerda con el nombre de Caños de Carmona, a pesar de que las aguas que transportaba tenían su origen en el alcalareño manantial de Santa Lucía. En el diccionario de Madoz podemos leer: “Camina el agua sobre 410 arcos; pero mientras va a la vista en un canal terrizo de 3 varas de ancho, da movimiento a los molinos harineros del Águila, Tabara, Asembrín, Tejadillo, Torreblanca, la Jara, el Fraile, Pico y Sabaynela”. Son constantes las referencias a la calidad de sus aguas y fuentes, consideradas incluso beneficiosas para el tratamiento de enfermedades y motivo de inspiración para los artistas que desde finales del XIX comenzarían a frecuentar las riberas del Guadaíra, aunque aún tendría que pasar mucho tiempo hasta la eclosión de la renombrada escuela paisajística que llevaría el nombre de Alcalá a los principales museos de todo el mundo.

Traemos a este artículo por su interés las referencias a las escuelas en las que los niños alcalareños cursaban sus primeros estudios: “Hay dos escuelas de primeras letras para niños; la una pública, donde se enseña gratis a los pobres a leer, escribir, doctrina cristiana, rudimentos de aritmética, geografía e historia; la obra particular en la que se suministran a los alumnos iguales conocimientos: asisten a ellas 156, distribuidos en 3 clases: en la primera 42, en la segunda 51 y en la tercera 63: el maestro de la escuela pública goza la pensión de 6 reales  diarios, y el de la particular el tanto alzado en que se conviene con los padres de los niños; las niñas tienen tres escuelas, pero como las maestras no tienen dotación fija, solo enseñan gratis a las que bien les parece: la instrucción que en todas ellas se da a las discípulas (que suelen ser unas 40 en cada escuela) es la común de su sexo, leer, escribir, contar y doctrina cristiana”.

Culmina la entrada con una concesión de su autor a la evocación literaria: “Al concluir este párrafo no podemos menos de hacer mención del delicioso sitio que se halla a la salida de Alcalá para Sevilla, a las márgenes del Guadaíra, porque sorprende al viajero tanta amenidad, tanta hermosura como allí se encuentra: las plantas de mil especies, cuyo aroma embalsama aquella privilegiada atmósfera; la multitud de árboles de variadas clases, el conjunto de animación y vida que se advierte, y los cánticos del ruiseñor que es tan común como puede serlo en otro territorio más ameno, todo contribuye a hacer notable por más de un concepto el recinto a que nos referimos”.

Llegados a este punto, nos deberíamos preguntar por los motivos que llevaron a Pascual Madoz a inventariar los detalles geográficos, históricos, culturales y económicos de villas como Alcalá de Guadaíra. El mismo Madoz llegó a decir que su Diccionario se redacta en un momento en los que “en España se configuran los procesos de cambio y modernización económica y social que vendrían impuestos por el triunfo de la llamada revolución industrial”. En aquel contexto los gobernantes necesitaban disponer de un conocimiento lo más riguroso posible de sus territorios para controlarlos de una manera efectiva, evitando en la medida de lo posible la dispersión de los siglos anteriores. La clave nos la ofrece una vez más Marcos Fernández Gómez al afirmar que obras como estas ponían a disposición del estado datos que, como en el caso concreto de la población o los recursos económicos, permitían realizar levas o cobrar impuestos a sus habitantes. Sea cual fuere su propósito inicial, lo cierto es que el Diccionario de Madoz nos permite viajar a los orígenes de la Alcalá contemporánea, con sus luces y sus sombras, en ocasiones no tan distintas de las que hoy seguimos padeciendo.

Compuesto por 16 volúmenes, este Diccionario tuvo también un carácter práctico, al facilitar datos para realizar levas o cobrar impuestos
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Javier Vidal

Doctor en Periodismo por la Universidad de Sevilla. En la actualidad ejerce la docencia como profesor de Lengua castellana y Literatura en El Madroño, sección de educación secundaria del IES Al-Guadaíra.