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Los anteojos de mejor vista

 Los anteojos de mejor vista

Nuestra historia cultural es también la historia de nuestras pasiones. “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles”. Así comienza la Ilíada, lamentando la ira del héroe griego contra su jefe Agamenón. Aquel encontronazo tuvo funestas consecuencias: Aquiles y sus soldados, los mirmidones, se negaron a luchar junto a la coalición aquea que pretendía capturar Troya, de suerte que miles de hombres perdieron la vida ante las murallas de la codiciada ciudad. Este pasaje literario sirve para ilustrar la incuestionable evidencia de que percibimos y pensamos el mundo desde nuestras emociones. Tanto nos ciegan que a veces, aun sabiendo que esos sentimientos pueden volverse contra nosotros, perseveramos en el error sin realizar un saludable ejercicio de distanciamiento.

Como afirmaba el psiquiatra Carlos Castilla del Pino, nuestro vínculo con el mundo no es solo cognitivo, sino que entre el sujeto y el entorno se establece una relación que abarca desde la búsqueda de la posesión hasta el rechazo absoluto. A medida que las páginas de nuestras vidas van pasando, empleamos el caleidoscopio de nuestros sentimientos para interpretar lo que nos sucede. Como es lógico, la coyuntura histórica, el momento presente y las expectativas venideras condicionan esa lectura, de tal modo que transitamos un camino jalonado de angustia, alegría, desolación, euforia… Son tantas las expresiones que manifestamos ante lo que nos sucede que precisaríamos miles de páginas para hablar de cada una de ellas. Ahora, por desgracia, nuestro horizonte se ha teñido de gris y torcemos el gesto cada vez que alguien nos habla del día de mañana.

En un ensayo titulado Todo lo que era sólido, el maestro de escritores Antonio Muñoz Molina recordaba que hubo un tiempo en el que creíamos habitar un mundo feliz, libre de convulsiones que amenazaran nuestra particular forma de vida. Nada parecía presagiar los grandes cataclismos que en el mundo occidental supusieron los atentados de Nueva York en 2001 o de Madrid tres años más tarde, la crisis financiera de 2008 o la gran pandemia que se cobra la vida de millones de personas en los cinco continentes. Es preciso recordar aquí que en otras latitudes las crisis humanitarias, económicas o sanitarias son permanentes.

Así las cosas, es natural que un manto de tristeza envuelva nuestra percepción de lo que nos rodea. No podemos evitar la desesperación, esa “enfermedad mortal” en palabras de Kierkegaard que ahoga nuestros anhelos y trunca los proyectos de futuro. En un magnífico relato del siglo XVII del sevillano Rodrigo Fernández de Ribera, el licenciado Desengaño subía a la Giralda para contemplar con la ayuda de unos anteojos el alma de los feligreses. Esta escena, que inevitablemente nos recuerda el comienzo de La Regenta, puede servir también como ejemplo del distanciamiento responsable que debemos aplicar en nuestras vidas ahora que también se impone otro tipo de distanciamiento, el social, que nos obligará a modificar nuestras relaciones interpersonales. Ante la amenaza de un futuro incierto y las confusiones que se gestan en el mercado de espejismos, vulgo de los medios de desinformación, la serenidad, la reflexión y el juicio crítico son nuestros anteojos de mejor vista. Con ellos posiblemente descubriremos los engaños, las filtraciones interesadas y los rumores, pero también vislumbraremos más pronto que tarde la esperanza, que como nos decía Aristóteles es “el sueño de los despiertos”.

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Javier Vidal

Doctor en Periodismo por la Universidad de Sevilla. En la actualidad ejerce la docencia como profesor de Lengua castellana y Literatura en El Madroño, sección de educación secundaria del IES Al-Guadaíra.