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Bandera de lunares / escándalo escénico

 Bandera de lunares / escándalo escénico

Ilustración de Guillermo Bermudo

“El Tiempo va sobre el Sueño/ hundido hasta los cabellos./ Ayer y mañana comen/ oscuras flores de duelo”.
Así que pasen cinco años. Leyenda del tiempo (Federico García Lorca)

 

Hoy voy a hablarles de Paco Arroyo y Taller de Teatro (TT). De su vinculación al Instituto Nacional de Bachillerato Cristóbal de Monroy y la actividad teatral que desarrolló entre los años 1975 y 1980. En esa España de libertad recobrada que hemos dado en denominar la Transición. Digamos para empezar que la propuesta de TT podría definirse como un teatro loco, brillante, alegremente provocador. Heredero de la delicadeza de Lorca y los experimentos de Arrabal. Profundamente poético sin dejar ser político, pero lo político entendido como todo lo contrario de lo dogmático y doctrinal. Si la bandera de TT era de lunares, se entiende que no tuvieran más patria que la libertad.

De raíz picaresca y lorquiana, no puedo evitar asociar Paco Arroyo a la misma estirpe a la que pertenecen Nazario, Ocaña o Camilo. Ya saben, la libérrima trinidad que, empeñada en ensanchar las fronteras del sur, con su amaneramiento barroco y surrealista partió a la conquista de la Barcelona contracultural del tardofranquismo. Una forma de entender el arte que se aprende de chiquitito y va tejiendo –de tanto ir a por el agua a la fuente– entre el sueño y la calle. Soñando, por ejemplo, con que en París los jóvenes buscan “bajo los adoquines el mar”. Lo mismo que de los discos americanos de las bases de San Pablo, de Morón o Rota que conectan la psicodelia de Londres y California, o el underground de New York, con el parque de María Luisa. Una revoltura de la cultura popular, que da lugar al rollo hippy sevillano, al manifiesto de lo borde, a experimentos teatrales como Antígona de Esperpento-Smash…

Sin duda, son comparaciones difíciles, pues las cosas de Paco eran más comedidas y sutiles, pero tenían una cierta idea del arte parecida, desacomplejado, alegre y valiente, que, por encima de todo, pasaba por la práctica de la libertad. Por lo demás, compartían generación y procedencia (Paco era de Trigueros –Huelva, Camilo de Moguer; Nazario y Ocaña sevillanos de provincia, uno de Castilleja y el otro de Cantillana). El caso es que no puedo dejar de preguntarme por cuál hubiera sido su repercusión si, en lugar de aquí Paco y TT, se hubieran dado en Barcelona o en Madrid.

Sea como fuere, recién licenciado en Filosofía y Letras aterrizó en el instituto –no se olvide que por entonces en Alcalá no había otro–, como profesor sustituto de Lengua y Literatura. Era octubre de 1975, “la lucecita de El Pardo” se iba amorteciendo e, irremediablemente, lo viejo se desmoronaba frente a la alegría de lo nuevo. Entonces, para intentar ganarse las simpatías de unos alumnos que, al principio, no lo acogió demasiado bien, se le ocurrió montar un grupo de teatro. El resultado solo valorado con propiedad por quienes tuvieron la suerte de verlo, fue una serie de espectáculos a cada cual más geniales. El primero, la Farsa infantil de la cabeza del dragón, de Valle Inclán; pasando por la versión libérrima, esperpéntica y cruel de El patio, de los Quintero; hasta la más delicada y más extrema, la más inolvidable interpretación del Perlimplín y las casidas del Diván del Tamarit, de Lorca; para acabar en la locura compartida que fue ¡¡¡Praffft… y otros ruidos!!!

En la memoria de quienes lo vivieron (Jesús Casado, Araceli Copete, Eduardo García, Juana Sánchez, Benito Caetano, Vicente Rus, Sagrario Rodríguez…), aquello ha quedado como algo fundamental de sus vidas, pero más allá pues asimismo sacudió los resortes morales de no pocos alcalareños. Zarandeados en su cortedad de miras ante el embate de su modernidad. Porque usó el cuerpo “desnudo” de los jóvenes actores como parte de la representación de las casidas. Sin duda, porque en el fondo no hizo más que expresar cómo la emancipación del sujeto se produce a través del arte y el goce del cuerpo que es el texto primero del poder y el teatro…

En 1979, ya había la libertad de representación de espectáculos teatrales, pero el “franquismo sociológico” seguía vivo y coceando. La APA (Asociación de Padres de Alumnos) del instituto ejercía, por entonces, al modo de la por entonces recién creada Concapa (Confederación Católica de Padres de Familia y Padres de Alumnos). Así, presionó cuanto pudo, junto con las llamadas “fuerzas vivas”, para que lo expulsaran. La cabeza de Paco Arroyo no rodó. Solo gracias a que siempre contó con el apoyo de una parte significativa del claustro y la dirección del centro, conscientes de la calidad y el nivel de los montajes de TT. Parece ser, sin embargo, que la pieza a batir era el catedrático de Lengua y Literatura y, a la sazón, director del instituto, Antonio Rodríguez Almodóvar. Por lo demás, candidato del PSOE a la alcaldía de las primeras municipales de la Democracia en 1979. Con el tiempo acabaría siendo académico correspondiente de la Real Academia de la Lengua. Capítulo aparte merece la operación que los de TT montaron para desmontar los argumentos pueriles y cerriles del APA…

A la hora de evaluar la importancia de sus espectáculos, hay que destacar que suplían con sus muy efectistas puestas en escenas la falta de una formación específicamente teatral. Merced a la eficacia y la gracia con que empleaban los juegos de luces y sombras, los efectos de sonido o la expresión corporal de los actores. Esta, muy inspirada en las técnicas de Lindsay Kemp –el Lorca del mimo y de la danza–, aunque más conocido por ser el coreógrafo que inspiró a David Bowie a crear a su extraterrestre andrógino Ziggy Stardust. A este respecto, es inexcusable recordar cómo aprovechando la visita del genial artista inglés a Sevilla, con motivo de la gira de Flowers, en noviembre de 1978, Paco Arroyo se las ingenió para convencerlo de que fuera a dar una charla y exhibición didáctica a los alumnos del instituto. Algo que quienes tuvieron la suerte de estar recuerdan vivamente, como “un espectáculo deslumbrador y alucinante”. Porque Arroyo tenía esa capacidad de embobalicar al más pintado y llevárselo al huerto de su infinito carnaval.

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Vicente M. Pérez

Profesor de Geografía e Historia del instituto Cristóbal de Monroy, Vicente M. Pérez Guerrero (Alcalá de Guadaíra, 1971) es también profesor asociado de Didáctica de las Ciencias Sociales de la Universidad de Sevilla. Pertenece al consejo editorial de la revista 'Con-Ciencia Social'. En su momento, publicó poesía para la revista 'Infame Turba. Industrias literarias', de la que fue miembro fundador. Ha compuesto las canciones de los diferentes grupos de pop-rock en los que ha tocado cosechando algunos premios en concursos de música independiente. Publica en el periódico local 'La Voz de Alcalá' desde hace más de veinte años.