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La carretera vieja

 La carretera vieja

Mediados de los 80, accidente de un autobús de Casal. Foto: José Antonio García Cordero.

Fui miope precoz; uno de aquellos párvulos de gafas de culo de botella y montura de carey que lucían invariablemente serios en las fotos de grupo de fin de curso. Cinco primaveras tenía cuando me calzaron mis primeras lupas, casi recién llegado a aquel colegio inhóspito y asoleado, y un poco demasiado grande para mis cortas miras. Lo demás es fácil de imaginar.

Del desamparo de aquellos primeros y borrosos años míos, guardo sin embargo el recuerdo asombrosamente vívido y casi feliz de los viajes a Sevilla, donde tenía su consulta el especialista que se ocupaba de mis ojillos a medio hacer. Eran tardes lentísimas, largas como siestas frente al mar, en las que hasta un niño cegato podía llegar a sentirse especial. Ayudaban, desde luego, el paseo por aquellas anchas y luminosas avenidas a la sombra de las faldas maternas; el granizado de limón o los churros con chocolate, apurados con la fruición de los días de fiesta en alguna cafetería llena de humo y gente, y hasta la penumbra eclesiástica de aquel piso de la Gran Plaza, enmoquetado hasta el techo y profusamente adornado con incomprensibles cachivaches de alquimista.

Pero, sobre todo, llevo grabado a fuego, en los huesos y las mientes, el desvencijado trajín del autobús de línea –“la empresa”, se decía entonces–, lanzado a todo trapo contra las cerradas curvas de la carretera vieja; aquel tramo, desde la Venta de la Liebre hasta el Punto, que aún hoy, decentemente asfaltado y más o menos iluminado, conserva algo de sus infames hechuras de camino de cabras. Y es que, apenas embocábamos su retuerto trazado –y especialmente en el camino de vuelta, que siempre nos sorprendía bien entrada la tarde o en noche cerrada–, mi madre se recreaba puntualmente en el consabido relato de la catástrofe; siempre el mismo y siempre distinto.

–¿Te he contado lo del autobús que se salió de la carretera?

–¿Aquí?

–Un poco más pa’ allá.

–¿Dónde?

–Ahí. En esa curva. Y hasta el río llegó.

Yo apretaba su mano, blanda y desmayada como un guante, y me obligaba a mí mismo a mirar cerro abajo, entre aterrado y fascinado, fantaseando a mi pesar con un confuso amasijo de hierros retorcidos y humeantes, y cadáveres calcinados. La muerte o algo mucho peor, la orfandad. El trayecto se me hacía eterno, claro, y apenas si respiraba hasta la parada del Derribo, donde el mundo se detenía al fin con un largo y quejumbroso bufido de animal mitológico. Sólo entonces me atrevía a sonreír, aún tembloroso y algo sudado pero secretamente convencido de haber sido tocado por la buena fortuna de los héroes: para el crío medroso y cuatro ojos que fui, una forma como otra cualquiera de sentirse especial, casi feliz; un poco distinto y un poco el mismo.

Con el tiempo, ya entrada la adolescencia, mis viajes a la capital empezaron a convertirse en algo parecido a una rutina –Sevilla Rock, algún que otro concierto, el mercadillo de la Plaza del Duque–, y de un día para otro, le perdí el respeto a aquella vieja carretera, guardé las gafas en un cajón y relegué aquella truculenta historia de autobuses volcados y huesos rotos al dudoso ámbito de los cuentos de brujas; una humorada sin gracia, poco más, y muy propia del temperamento extravagante y algo arisco de mi progenitora. Me hice mayor, supongo. Olvidé muchas cosas.

Qué ironía, toparme con esta instantánea después de tantos años, y precisamente ahora que ella no está; que acabo, como quien dice, de soltar su mano para siempre.

La miro una y otra vez, y no dejo de preguntarme qué no daría hoy aquel niño de mirada triste y pantalón corto por correr hasta el regazo de su madre y decirle que sí, sí, sí, que tenía razón; que, antes o después, hasta los más delirantes cuentos de brujas acaban por hacerse realidad.

Que todo pudo ser mucho peor.

Que, sin embargo, no llegó la sangre al río.

Que, de alguna manera, nos libramos.

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Juan Álvarez

Poeta, autor de 'Por qué cortarse una oreja' (Valparaíso, 2018)