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Clausuras

 Clausuras

Foto: José Antonio García Cordero

Hacía mucho que no pensaba en ella. Tanto, que he tenido que hacer un esfuerzo para recordar su nombre.

La última vez que la vi debió de ser en el año de su graduación, allá por el noventa y uno o noventa y dos. Mediaba junio, de eso estoy seguro, pues yo andaba empantanado en los exámenes de repesca y el instituto, aun lleno de luz, se veía triste y deshabitado. Ella departía alegremente con la profe de latín junto a la ventanilla cerrada de secretaría: la escueta falda ocultando a duras penas aquellas piernas rotundas y blanquísimas de estatua adolescente; los ojos, incomprensibles, de un azul de acuarela, perfectamente enmarcados –como a pincel– por el óvalo asimismo perfecto del rostro y la frondosa melena prerrafaelita; la sonrisa, tan acogedora y franca como siempre.

Quiero pensar que nuestras miradas se cruzaron. ¿Por qué no? ¿Acaso no lo habían hecho ya en sueños?

Poco tiempo después –yo la hacía en la facultad, cualquier facultad, y acaso había empezado a olvidarla–, algún vecino de pupitre llegó con el rumor de que había ingresado en la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara.

Para los que la rondamos desde lejos –siempre un paso por detrás de sus andares inocentemente aleves y pizpiretos; demasiado tímidos como para atajarla con el requiebro definitivo–, la noticia era simplemente inconcebible. Le habíamos conocido uno o dos novios, y una cierta querencia a la fiesta que casaba poco y mal con el martirio y la renuncia. ¿Qué pintaba en aquel conciliábulo de sombras? No, aquello era demasiado triste para ser verdad.

Y, sin embargo, el rumor era estrictamente cierto: allí, en aquel severísimo mamotreto medieval –el convento de las clarisas, torpemente encajonado entre la ruina de las viejas casonas labriegas y la vorágine de hierro, cristal y ladrillo visto del primer desarrollismo–, había decidido, quién sabe por qué, enterrar en vida su traslúcida piel de sirena, sus labios promisorios; allí, para escarnio y dudoso ejemplo de los que quisimos quererla.

Y allí debe de seguir.

Me han hecho falta muchos años, digamos que toda una vida, para empezar a comprender, a perdonar, aquel gesto imperativo; el mismo que apresara el maestro García Cordero en la instantánea que encabeza estas líneas. Y es que ¿quién que peine canas, que haya bregado con todo el barro y la mierda de una existencia demasiado larga; quién, digo, cargado de días y trabajos, no ha fantaseado alguna vez con dar la espalda al mundo como esa monjita que enfila, decidida –los andares, acaso aún aleves y algo pizpiretos–, la negra embocadura de su tumba? ¿Quién, en fin, no ha soñado con oficiar su propio funeral?

Hay un momento, siempre llega, en que uno acaba por mirar cara a cara a lo oscuro, al misterio, a su dios –sea cual sea su nombre–, y de súbito y a su pesar entiende y sabe. A esta terrible lucidez la llamamos “desengaño”. Otra cosa es tener los arrestos de asumirlo y obrar en consecuencia.

Ella, de algún modo, lo hizo: llegó a ese momento antes que todos nosotros; quién sabe si también por todos nosotros.

Sirvan, en cualquier caso, estas pobres palabras para alabar su precoz y raro coraje, y dejar testimonio de quienes permanecimos –y aún permanecemos–cobardemente a este lado del mundo, siempre un paso por detrás de sus faldas volanderas, añorando la improbable resurrección de sus carnes de ninfa huidiza.

Para recordar sus labios, sus ojos, su nombre, que nos robaron los ángeles de las viejas estampas.

Para clausurar una ridícula historia de desamor.

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Juan Álvarez

Poeta, autor de 'Por qué cortarse una oreja' (Valparaíso, 2018)