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La curva descendente del doctor Roquero

 La curva descendente del doctor Roquero

“Fervoroso republicano”, bohemio y masón, este médico gaditano se asentó en Alcalá entre 1922 y 1936, justo cuando trazaba “la curva descendente” de su vida, como dejó escrito en un artículo publicado en la revista Oromana. Su propósito: aislarse del “bullicio” de Sevilla, descansar en la fonda Cabello y disfrutar de las aguas y los aires saludables del pueblo. Después de haber forjado una brillante carrera como histólogo, el “viejo don José”, como lo llamaban sus discípulos, se hizo querer también en este locus amoenus que lo distinguió como “hijo adoptivo” y que le dedicó calle poco antes de iniciarse la Guerra Civil.

A finales del siglo XIX, el sistema sanitario de Sevilla –y, por extensión, de toda España– sufría un peligroso estancamiento. A la falta de recursos, se unían los problemas de aislamiento en el medio rural y unas duras condiciones de trabajo para los profesionales. La figura del médico titular existía en los pueblos, pero a modo de entelequia. Ejercían –o, mejor dicho, sobrevivían– como funcionarios facultativos en los partidos o municipios, cobrando en especie la mayoría de las veces y sin dar abasto a la hora de asistir a los pacientes. Para los vecinos que ni siquiera se podían permitir los honorarios con cántaros de leche, quedaba la beneficencia, hermanastra de la antigua caridad cristiana, que recaía en centros públicos y particulares, muchos de ellos gestionados por órdenes religiosas. Órdenes que convertían el hospital en un lugar para curar enfermedades, y también en refugio para salvar almas.

Si el presente se vislumbraba sombrío entonces, peor pintaba el futuro al comprobarse el déficit en la formación médica. La ciencia y el progreso técnico tardarían aún décadas en aplicarse de forma sistemática a la consulta y al laboratorio. En ese tiempo, la distancia con países como Francia o Alemania era tan amplia, que provocó voces de alarma en los facultativos, sobre todo entre aquellos que se habían marchado al extranjero y tenían bagaje suficiente como para formular dolorosas comparaciones.

Fue el caso, por ejemplo, del astigitano Rafael Ariza Espejo, introductor de la otorrinolaringología en España, quien había trabajado en Berlín a las órdenes de Rudolf Virchow, y que a su regreso a Sevilla no pudo más que lamentarse por el precario estado de la sanidad y la enseñanza. Decía Ariza en un texto de 1872 que si no se remediaba esa situación, en un plazo de veinte años a los médicos españoles les resultaría “imposible” comprender los términos y los procedimientos empleados en los hospitales europeos.

Por suerte, dichos vaticinios no se cumplieron a rajatabla. Más bien, sirvieron para espolear algunas conciencias. Gracias a instituciones como la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Sevilla, fundada en 1868 por Federico Rubio y Galí –un cirujano portuense conocido como “el médico de los pobres”, al que se le atribuye haber realizado las primeras extirpaciones quirúrgicas de útero y ovario en España–, la ciudad recuperó parte del camino perdido en materia médica, después de veinticinco años sin cursarse estos estudios.

Aquel centro, con sede en la calle Madre de Dios, implantó un novedoso plan docente en el que se incorporaban tres especialidades: oftalmología, dermatología y enfermedades venéreas y sus correspondientes clínicas. Asimismo, como han recogido las profesoras Encarnación Bernal y María Luisa Calero, en el seno de la Escuela Libre se impulsó el primer consultorio de España dedicado a la ginecología, la conocida Policlínica, que formó a futuros médicos y trató a las mujeres de forma “altruista e innovadora” en sus problemas de embarazo y parto.

Como profesor de la Escuela Libre, el citado doctor Ariza se encargó de paliar las carencias en la enseñanza de la Medicina. Pero no fue el único en esta misión. Junto a él, difundieron sus conocimientos decenas de maestros, entre ellos José Roquero Martínez, quien sobresalió como catedrático de Histología, la ciencia que estudia los tejidos orgánicos. Roquero no solo fue uno de los mejores profesores de esta Escuela, sino también de la Universidad hispalense, en cuya Facultad de Medicina ocupó el cargo de decano entre 1905 y 1912.

Una carrera meteórica. A pesar de su destacada contribución a la medicina, sobre el doctor Roquero se han escrito tan solo unas cuantas reseñas biográficas. Acaso, una de las semblanzas más documentadas sea la firmada por el profesor José Gutiérrez Galdó en el libro de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Granada, publicado en 2003. En dicha obra, se repasaba la trayectoria de José Roquero desde su nacimiento en Cádiz el 21 de enero de 1852. Gutiérrez Galdó ensalzaba a Roquero como un profesor brillante, capaz de reunir todos los aspectos deseados por un docente: “Prestigio científico, una posición académica envidiable, talento pedagógico, una moralidad intachable y una buena posición económica”. Cualidades que lo convertían en una persona respetada, aunque, como era de esperar, “no andaba desprovisto de enemigos”, principalmente por cuestiones ideológicas.

Pero hasta llegar a ese estatus “envidiable”, el doctor Roquero tuvo que sumar numerosos méritos. Su aprendizaje comenzó en Cádiz como estudiante del bachillerato de Artes en 1870. A continuación, se desplazó a Sevilla e ingresó en la Escuela Libre de Medicina y Cirugía, donde emprendió una carrera meteórica, pues, en apenas cuatro años, pasó de ser alumno a profesor, obteniendo los títulos de grado, doctor –con la tesis Indicaciones y contraindicaciones de la perforación de la membrana timpánica– y la cátedra de Histología y Ejercicios de Disección. Doce años después, en 1886, fue designado catedrático de Histología normal e Histoquímica y Anatomía Patológica; y en 1897 alcanzó, por oposición, la cátedra oficial de la asignatura de Terapéutica, Materia Médica y Arte de Recetar en la Facultad de Medicina de Granada.

A comienzos del siglo XX, el profesor Roquero gozaba ya de una merecida fama científica, acreditada incluso con importantes galardones, como el premio nacional Ramón y Cajal. En la ciudad de la Alhambra, donde permaneció siete años, amplió sus líneas de investigación: se interesó por la psiquiatría, la dosimetría y la aplicación de la medicina natural a los pacientes. Toda esa experiencia la proyectó luego en la Universidad de Sevilla a partir de 1904, una vez conseguido el traslado. En este nuevo periodo, además de ser decano de la Facultad de Medicina, fue nombrado Comendador de la Orden Civil de Alfonso XII en 1917 y se distinguió como representante de los sectores más abiertos y críticos de la medicina académica.

De hecho, se opuso a que los principales institutos de investigación estuvieran congregados en Madrid y no se descentralizaran en el resto de provincias. También, anticipándose a nuestros días, protestó en vano por la nula atención que recibía la ciencia por parte de los gobernantes, “más preocupados en conquistas militares que en potenciar culturalmente el país”. Decía Roquero que “en su larga historia”, España había vivido “cómodamente de la punta de su espada” y que, pasados los siglos, de poco o nada había servido el despliegue militar. Y apostillaba: “España ha recorrido el mundo para convencerse hoy que ha perdido el tiempo y todo lo conquistado, dejando como resultado final un pueblo que en su mayoría lee mal y escribe aún peor”.

En cuanto a su actitud abierta y tolerante, esta quedaría reflejada en una anécdota narrada por el anarquista Pedro Vallina en sus memorias. Contaba Vallina que, en su etapa como estudiante de la Facultad de Medicina, se topó con el rechazo de varios profesores reaccionarios. Uno de ellos intentó ponerle en un aprieto durante un examen, al preguntarle “qué haría en un caso de aborto provocado con intensa hemorragia”. Vallina respondió que lo único que podría hacerse era “salvar a la enferma”. El profesor inquirió de nuevo y le objetó que se trataba de “un caso de medicina legal”, sugiriendo que, antes de asistir a la mujer, había que poner el asunto en manos de policías y jueces. Ante esta disputa, terció el “digno” doctor Roquero, presente en el tribunal examinador, que señaló: “Hemos tenido numerosos casos de abortos intencionados, pero siempre seguimos la conducta preconizada por el señor Vallina; asistimos a las enfermas y nos negamos a informar a las autoridades”.

Retiro dorado y truncado. Hombre de temperamento “serio”, “calmado” y con “independencia de criterio”, según lo describió Gutiérrez Galdó, el doctor Roquero decidió alejarse de Sevilla tras alcanzar la jubilación en 1922. El «viejo don José», como lo llamaban cariñosamente sus alumnos, estaba cansado del «bullicio» de la ciudad, entonces inmersa en los preparativos de la Exposición Iberoamericana. A sus setenta años, deseaba descansar y pensó que el lugar idóneo sería Alcalá de Guadaíra, convencido de que a orillas de su río encontraría un ambiente favorable para sus maltrechos pulmones.

Sin dudarlo, José Roquero planeó en Alcalá un retiro dorado, que se truncó únicamente en sus últimos meses de vida por el inicio de la Guerra Civil. A diferencia de los sevillanos que se limitaban a disfrutar de unas cortas vacaciones cerca de Oromana, el doctor Roquero prolongó su estancia en el pueblo durante catorce años, desde 1922 hasta 1936. Abandonó su casa en la calle San Pablo, situada a pocos metros de la plaza de la Magdalena, y se instaló de forma permanente en la remozada Alcalá y Orti; en concreto, en la fonda Cabello, donde disfrutaría del sosiego de la localidad y la compañía de unos huéspedes a los que todavía daría consejos médicos.

En Alcalá, Roquero participó en la vida cultural como colaborador de la revista Oromana, y expresó sus simpatías por la actividad que desarrollaba la logia Filipinas número 40, como se pone de manifiesto en una fotografía tomada en 1932, donde aparece retratado, con sus luengas barbas canosas, junto a los masones alcalareños y diversos componentes de Rizal –el taller de Utrera–, con motivo de un banquete de confraternidad, al que acudió como invitado de honor el maestre del Gran Oriente Español, el político Diego Martínez Barrio, a la postre presidente de la Segunda República.

Fundada en junio de 1927, la logia Filipinas instaló su “templo” en la calle Juan Abad, número 23, al lado de una tahona que se conoció popularmente como “La Dinamita”, dado el cariz clandestino de las reuniones que allí se celebraban. Según recoge el historiador Leandro Álvarez Rey en Permanencias y cambios en la Baja Andalucía. Alcalá de Guadaíra en los siglos XIX y XX, al menos 47 hombres integraron la logia Filipinas desde sus orígenes hasta 1936. De ellos, se tiene constancia de sus nombres –tanto reales como simbólicos–, sus profesiones e, incluso, sus filiaciones políticas, perteneciendo la mayoría al Partido Republicano Radical, que lideraba en Sevilla el propio Martínez Barrio. En ese listado de masones de Alcalá no figura, a pesar de su presencia en la instantánea de 1932 y su reconocida amistad con la logia, el doctor José Roquero, quien se sentía igualmente atraído por la militancia republicana de sus componentes.

Estas afinidades, ya fueran de tipo profesional o ideológico, tuvieron consecuencias de distinto signo en la última etapa de Roquero, planificada, a priori, para descansar. En el periodo que va desde su llegada a Alcalá –aún en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera– hasta la Segunda República, la repercusión fue positiva, puesto que realzó su prestigio al vincularse con diversos integrantes de círculos culturales y políticos locales. Fruto de la buena consideración de la que gozaba, en 1924, apenas dos años después de que se estableciera en la fonda Cabello, el Ayuntamiento acordó nombrarlo hijo adoptivo y predilecto; y rotuló una vía en su honor. La calle doctor Roquero, que aún conserva su nombre, parte de la plaza de España, justo enfrente del colegio Pedro Gutiérrez, y corre hasta Vista Alegre. Dibuja, curiosamente, una línea paralela con otra calle dedicada a un médico, el doctor Ramos Vallejo. Dos calles y dos hombres que coincidieron en espacio y vocación.

Pero, prácticamente de la noche a la mañana, la figura de Roquero pasó del elogio al olvido. El médico dilecto sufrió, ante el asombro de amigos y vecinos, un “trastorno” equiparable al experimentado por el doctor Jekyll, quien, por efecto de una extraña poción, se transformó en el pérfido Mr. Hyde. A buen seguro, sus adhesiones izquierdistas tendrían algo que ver en que su reputación cambiara en tan poco tiempo. José Roquero Martínez murió en Alcalá de Guadaíra el 25 de octubre de 1936, cuando contaba con 85 años, tan solo tres meses más tarde de iniciarse la Guerra Civil. En vida o ya fallecido, la contienda marcó el sino de su recuerdo. Desde entonces, una pesada losa de silencio cayó sobre una de las trayectorias más sobresalientes de la medicina andaluza de principios del siglo XX.

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José Romero

Periodista y guionista, coordinador de '41500 Revista digital de Alcalá'