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Decíamos ayer

 Decíamos ayer

Llevo días, semanas, tal vez toda mi vida y nunca lo supe hasta ahora, preguntándome cómo será el regreso. No hablo de esa idea ya tan irritante y manoseada de la “vuelta a la normalidad”. No, ni mucho menos. Dijo el poeta que somos “un fue, y un será, y un es cansado”. Constantemente nos vamos y, poco a poco, los fragmentos de nuestro ser se desprenden para unirse a un discurso mucho más trascendental, tan inconmensurable que torna insignificante el conjunto de individuos que pueblan nuestra pobre y cansada tierra. Me da exactamente igual si ese discurso está anclado en la Ciencia, la Filosofía o la Religión. Dejo esa discusión para mentes más preclaras que la mía. Pero es insoslayable que cuando volvamos ya no seremos los mismos. Así ha sido siempre, independientemente del tiempo que pase, ya sean horas, días o meses.

Como profesor de Lengua castellana y Literatura en Alcalá de Guadaíra, concretamente en la sección de educación secundaria del IES Al-Guadaíra que ocupa “provisionalmente” las aulas de El Madroño, soy muy consciente del valor del lenguaje como institución cultural, elemento vertebrador de nuestra sociedad y depósito de la memoria colectiva. Quizás esto último sea lo más importante de todo. Aferrarnos a la palabra supone un modo de saciar nuestro anhelo de eternidad y, dicho sea de paso, de contrarrestar los efectos adversos que cada día obran en nosotros las formas más perversas de los nuevos dioses y diablos mediáticos, especialmente peligrosos para los jóvenes que se enfrentan a la ingente tarea de forjar su personalidad.

El ser humano es lo que la educación hace de él. Nos lo enseñó Kant y lo refrendaría el filósofo Emilio Lledó en su constante defensa de la educación pública: “Somos, nos formamos y nos transformamos por medio de la educación”. Nos equivocamos rotundamente si pensamos que esta crisis sanitaria nos cambiará a todos. Empiezo a estar harto de ese mantra, una frase hecha que por muchas veces que se repita no va a redimirnos de la estupidez, la ignorancia, el individualismo feroz y la deshumanización. Solo la educación nos permitirá extraer algo realmente provechoso de estas semanas, tal vez meses, de confinamiento. De ahí que no deje de darle vueltas a lo que les voy a decir a mis alumnos cuando retomemos, ¡oh, bendición!, las clases presenciales.

Por uno de esos caprichos del destino, quiso la adversa fortuna que lo último que explicara a mis alumnos de El Madroño antes de que se interrumpieran las clases fuera el verbo.  Les decía que el verbo es el “motor” de la lengua, una palabra variable que nos permite expresar acciones, procesos, estados… ¿Hay acaso un mensaje que rivalice en duración, actualidad y vigencia con ese “decíamos ayer” de fray Luis de León? En ese pretérito imperfecto reside la voluntad inquebrantable del poeta (y docente) de seguir enseñando, más allá de los cuatro años que pasó en prisión por traducir al castellano el Cantar de los Cantares. Cuando volvamos, cuando regresemos, los docentes tendremos que repetir una y otra vez lo que “decíamos ayer”, porque será la única forma de proyectar nuestra labor hacia un futuro en el que cambiar sea también una forma de ser, de reconstruirnos, de reencontrarnos y de reconocernos como individuos dotados de dignidad y de capacidad para acometer las más altas empresas.

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Javier Vidal

Doctor en Periodismo por la Universidad de Sevilla. En la actualidad ejerce la docencia como profesor de Lengua castellana y Literatura en El Madroño, sección de educación secundaria del IES Al-Guadaíra.