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La dictadura de los mediocres

 La dictadura de los mediocres

Un alcalareño muy bruto contemplaba la luna junto a su hijo en una noche clara, cuando el niño le preguntó: “Papá, ¿qué está más lejos: Carmona o la Luna?”. El padre, sonriendo con suficiencia, la respondió: “Está claro, niño: estamos viendo la Luna, ¿y acaso desde aquí puedes ver Carmona?”.

Esta anécdota se ha contado siempre en mi casa para ilustrar uno de esos curiosos rasgos que comparten todos los mediocres: la inclinación a imponer verdades categóricas sobre asuntos que no entienden. El mediocre, por su propia naturaleza, necesita ser contundente en lo que hace y en lo que dice, para compensar su propia incapacidad. El mediocre necesita gritar, necesita insultar, necesita imponer su criterio y, sobre todo, necesita evitar cualquier debate racional de ideas. En su vida cotidiana, la gente mediocre necesita recrear constantemente una falsa sensación de seguridad y entereza que, a poco que se rasque, no es más que la tapadera del carácter frágil de quien teme con razón que se haga pública su estupidez manifiesta.

Por esta razón los ideales de la ultraderecha han constituido tradicionalmente un imán de fuerte magnetismo para mediocres, imbéciles, palurdos y, en general, tontos de todo pelaje. La ultraderecha le ofrece a cada tonto ese plus de seguridad y seriedad aparente que jamás podrían granjearse con sus méritos personales. Por eso no es casualidad que el discurso de la ultraderecha descanse siempre sobre el rechazo al pensamiento. El ultraderechista genuino –que puede serlo conscientemente o no, ojo– es el sujeto que se cansó de pensar, o de ver a gente pensando. Se cansó de las palabras y ahora exige un mundo más sencillo: quiere soluciones fáciles y las quiere ya, ahora, sin excusas. Y para eso –piensa el ultraderechista– no hacen falta ideas ni palabras, sino gente valiente, españoles serios: tíos con cojones. Este odio al pensamiento quedó contenido en el tristemente célebre “muera la inteligencia” atribuido a Millán Astray, o en la imagen del intelectual judío como expresión máxima de lo aborrecible en la Alemania nazi.

La ultraderecha se construye a través de la mediocridad. Los fascistas necesitan extender una repugnancia al pensamiento serio, a las citas literarias, a lo teórico, a todo lo que suene a complejidad. Precisamente porque la violencia que propugna la ultraderecha exige, para ser aceptada, de un rechazo previo de lo complejo. Sólo cuando el ciudadano se siente lo suficientemente cansado de pensar abre las orejas a los mediocres que le prometen soluciones fáciles. Esto se nota claramente en los líderes actuales de la ultraderecha a lo largo del mundo, que proyectan la imagen de una panda de imbéciles digna de paga y pensión completa. Los Trump o los Bolsonaro son personajes que rayan en lo caricaturesco. Sin embargo, la imagen de su estupidez está perfectamente calculada. El mensaje que están lanzando a la gente es: “De acuerdo, yo soy un imbécil, ¿pero no estás ya cansado de escuchar a gente que sabe más que tú?”.

La ultraderecha necesita, para tener éxito, atacar el pensamiento y dar poder a los mediocres. Lo necesita en cada país, en cada provincia, en cada pueblo y en cada barrio. Lo necesitó en Alemania, donde la persecución de intelectuales judíos allanó el camino del éxito a filósofos muy leídos que bien podrían haberse dedicado a poner copas de aguardiente. O en la España franquista, donde la depuración de la universidad permitió la promoción del más tonto de cada departamento. Es lógico: en ausencia de pensamiento crítico cualquier fracasado en la universidad puede actuar de intelectual de pueblo, cualquier analfabeto puede firmar columnas de opinión, cualquier trincón de ayuntamiento puede ejercer de periodista libre.

Hoy la ultraderecha necesita difundir sus ideas violentas para justificar una actitud política que roza el golpismo. Y para eso necesita pagar a medios cómplices que difundan sus anuncios, y poner a sus intelectuales de pueblo a teorizar tonterías lacrimógenas. Necesitan convencer a la gente de que son gente sencilla, gente del pueblo, y no como esos intelectuales rojos tan complejos: tan listos y por lo mismo tan peligrosos. Necesitan decirle a sus vecinos que lo más importante es el amor al terruño (y a su patrona), que en el pueblo es mejor aparcar las diferencias ideológicas para llevarnos todos bien. Pero no se engañen: la dictadura de los mediocres es tan agresiva como cualquier otra, y no duda en atacar con dureza todo lo que huela a pensamiento libre.

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Curro Cuberos