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Enrique Baltanás: “A mí no se me ha parado el reloj ideológico”

 Enrique Baltanás: “A mí no se me ha parado el reloj ideológico”

Foto: Asociación Fotográfica Alcalareña (AFA)

“Este es un poemario de madurez, y casi ya de senectud”. Enrique Baltanás (Alcalá de Guadaíra, 1952) apunta La Centenaria como lugar de encuentro para hablar de su última obra, Esta sombra que fui; y hasta allí acude pertrechado de txapela, paraguas y recuerdos evocados en las páginas de un libro que ha sorteado los escollos del tiempo e incluso la amenaza de arrugarse con la persistente lluvia de finales de enero. Tienen viso de permanencia estos versos que reflejan “el paso de los días/ el peso de los días/ el piso de los días/ el poso de los días”. Más de cuarenta poemas sobre el amor, la eternidad o la muerte componen una cuidada edición que, en palabras del autor, “hace balance de la vida, con carácter testamentario”.

 

¿Dónde se encuadraría este libro dentro de su obra general?

Mis primeros libros estaban centrados en Alcalá. El primero se tituló Rumor de azuda, y era un poemario muy local. Ese tema siguió existiendo, pero de una manera más difuminada, sin citar nombres. Por ejemplo, en el segundo libro, El círculo del tiempo, hablaba de un hombre que regresaba a su pueblo después de mucho tiempo e iba evocando su infancia, sus recuerdos, las leyendas, aunque sin decir en ningún momento que era Alcalá. Y luego, ya en los libros más recientes, prácticamente el tema de Alcalá no aparece, y sí asuntos universales, filosóficos, que evocan la trascendencia.

Estos poemas surgen de la necesidad de hacer balance vital, pero ¿también como ajuste de cuentas con uno mismo?

Sí, hay un cierto ajuste de cuentas, porque uno ha tenido una evolución a lo largo del tiempo. En la juventud se piensa de una manera, se cree en determinadas cosas, que luego, con el tiempo, se va descreyendo de ellas y se va abrazando otras ideas y otras creencias que, de momento, me parecen más verdaderas. Creo que a mí, quizás, no se me ha parado el reloj ideológico. Hay gente a la que se le para y no evoluciona nunca de ideas que adquirieron en la juventud y se quedan fosilizadas, y de ahí no salen. Yo me he seguido replanteando las cosas, temas como Dios, el amor, la libertad, la sociedad, y he ido cambiando. Y eso, evidentemente, se ve reflejado en la poesía.

¿Cómo ha sido ese cambio? ¿Lento, progresivo? ¿O hubo caída del caballo?

No ha habido caída del caballo, sino que ha sido una evolución lenta, muy lenta, porque yo soy hombre lento para todo. Han sido muchos los elementos que han transformado mi forma de pensar.

En el poema “La alcancía” dice que “nos vamos volviendo lo que somos,/ cada vez más, memoria que recuerda/ y, al recordar, nos sella en nuestro suelo”. Todo parece pasado en ese texto, pero, de repente, al final de esos versos hay un intento de ruptura de la alcancía para convertirla en presente.

Ese poema viene a decir que uno está cansado de tanto ayer y de que nunca llegue el ahora. Es decir, yo sigo abierto a la novedad del mundo, aunque sea cada vez más memoria. Si no tienes una conciencia abierta a lo nuevo y a lo presente, estás muerto. Eres un ser vegetativo simplemente.

Foto: Asociación Fotográfica Alcalareña (AFA)

Y no solo hay recuerdos o evocaciones al amor en Esta sombra que fui, sino también referencias al contexto histórico, como el poema en torno al 11-M, o a personas concretas, como Cristina Brakelmanns, sobre la que el lector se queda con ganas de saber más.

Cristina Brakelmanns es amiga mía. Su padre era alemán, vino a España huyendo de la Alemania nazi, porque era católico y lo perseguían por su creencia. Se instaló aquí y formó una familia. Mi padre, que aprendió alemán, porque en sus tiempos en el bachillerato se estudiaba ese idioma, lo conoció. Como también conoció y tuvo amistad con un salesiano alemán que recaló en el colegio de Utrera. Ese cura casó a mis padres y me bautizó a mí. El poema “Dein Reich komme”, que evoca el Padre Nuestro en alemán, es un recuerdo que nos une a Cristina y a mí, la memoria de unos padres hablando esa lengua, que, a veces, suena tan dura y extraña, pero no lo es. Es una lengua muy dulce. Lo que pasa es que estamos acostumbrados a escuchar los discursos de Hitler, que ladraba, no hablaba.

Ha llegado a traducir a Goethe. ¿Qué importancia tiene la poesía alemana en su literatura?

Tengo mucha relación con la literatura alemana, que viene por línea paterna, por herencia. Ahí me surge el interés por la lengua, la música y, en general, el mundo alemán, que es un país muy interesante, el corazón de Europa. En este libro hay también un poema, “Brigitta y Stephan”, relacionado con el relato de un escritor alemán, Adalbert Stifter.

¿Cuáles han sido sus “dioses tutelares”, los referentes literarios para formarse no solo como escritor, sino como persona?

Muchos. En un primer momento, Marx, Lukács, Marcuse y demás compañeros mártires. Y hoy, más bien, pensadores católicos, como Charles Péguy, Léon Bloy o Chesterton, que me encanta. Ha habido una ruptura epistemológica.

¿Y Machado?

Machado siempre me ha influido muchísimo, y en general toda la tradición poética española, desde el romancero, la soleá popular, el flamenco…

Después de tantos años de estudio y lectura de Antonio Machado, ¿con qué lección se quedaría del poeta?

A mí no me ha marcado Machado en mi vida, pero sí me ha atraído mucho su figura y su vida. Precisamente, ahora estoy preparando una antología que se titula Antonio Machado. Poemas de amor, donde recojo los versos que le dedicó a su primera y única mujer, Leonor Izquierdo; y después a Guiomar, que es un personaje real, no es ninguna idealización. Lo que pasa es que era una mujer casada, con la que no pudo llegar a nada. La tragedia de la vida y los amores de Machado me llaman mucho la atención, los dos terminaron mal. A mí me interesa ese Machado, el Machado íntimo, que escribe teatro y que se lleva muy bien con su hermano, a pesar de que están en bandos diferentes. Aunque eso dependió más del azar, la casualidad que a uno le cogiera en Burgos y a otro en Madrid. Lo mismo podrían haber sido intercambiables los papeles.

¿Se ha perdido la vertiente del poeta-filósofo, que tan bien encarnaba Machado, para ceder paso al poeta-social?

Sí, hoy predomina la poesía social de nuevo, que ya existió en los años cincuenta y sesenta, y una poesía anecdótica, que no tiene una verdadera raíz en la vida humana, un anclaje en la filosofía.

Y en cuanto a las composiciones en sí, ¿cree que hay una vuelta a la métrica clásica después de una larga apuesta por el verso libre?

Sobre el verso libre, ya lo decía Antonio Machado, “líbrate mejor del verso cuando te esclavice”. El verso libre es muy difícil, nunca puede ser libre. En mi caso, hago versos medidos. Lo mío no son renglones en prosa que corto por donde me da la gana. Eso no creo que sea poesía, es otra cosa. Ahora, es cierto que hay autores como Juan Alcaide o Juan Álvarez, por poner dos ejemplos de Alcalá, que se decantan por la métrica clásica.

¿Cuántos años fueron como profesor de Lengua y Literatura?

Treinta y dos.

¿Y qué experiencia se lleva de todo ese tiempo?

Mi experiencia es muy satisfactoria en los primeros 25 años, pero en los últimos aquello se fue complicando. Fueron cambiando los planes de estudio, la entrada de la Logse me desconcertó, yo no estaba preparado para eso. Decidí jubilarme al ver que no me convencía. El sistema educativo jugaba en contra. Hoy día prima más el profesor burócrata dedicado a rellenar papeles, y se pierde el componente más propio de un profesor, que es enseñar.

Es complicado ver a un Juan de Mairena en las aulas de un instituto actual…

Creo que es imposible, porque primero tendría que empezar por que se callasen los alumnos o que no estuviesen hablando por el móvil.

En la pintura ha sido y sigue siendo recreada constantemente, pero ¿ha aportado Alcalá buena “materia prima” a la literatura?

Creo que sí. Ahí está, por ejemplo, José Manuel Campos, que está preparando una antología de textos de escritores no alcalareños que escribieron sobre Alcalá. Entre ellos, Eugenio Noel, que tiene una novela sobre Joaquín el de la Paula, Fernando Villalón… Mucha gente ha escrito sobre Alcalá.

Y en materia histórica, ¿qué libros quedan por escribirse sobre Alcalá?

Eso está abierto a los investigadores, la Historia nunca está escrita del todo, siempre hay revisiones. Pero, quizás, un campo que esté pendiente sea el estudio de Alcalá y el Ayuntamiento entre los años cuarenta y setenta, en el periodo del franquismo. Esa etapa está por analizar. Del periodo de Pedro Gutiérrez y los alcaldes de esa época no hay escrito casi nada, y habría que explorar. Yo creo que Pedro Gutiérrez tiene una novela, en lo político y en lo personal. A lo mejor, lo que voy a decir es una herejía o un disparate, pero creo que los dos alcaldes que más han cambiado Alcalá han sido dos Gutiérrez: Pedro Gutiérrez Calderón y Antonio Gutiérrez Limones. Los dos transformaron la fisonomía de Alcalá.

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José Romero

Periodista y guionista, coordinador de '41500 Revista digital de Alcalá'