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Federica Montseny: una “mujer que habla” a las alcalareñas

 Federica Montseny: una “mujer que habla” a las alcalareñas

Esbozada en las páginas de El Luchador, un semanario anarquista que se editaba en Barcelona en los años treinta, aparece una descripción del “bello pueblo de Alcalá de Guadaíra, blanco y limpísimo, tendido sonriente al borde del río”. La autora de estas líneas era Federica Montseny, militante de la CNT y, a la postre, primera ministra en la historia de España. Una charla con mujeres alcalareñas, ante las que defendió sus ideas feministas, propició aquel encuentro imborrable.

 

Si hoy soliviantaría a cientos de personas, solo hay que imaginar la escena hace casi noventa años. En el verano de 1932, Federica Montseny Mañé encarnaba el auge del anarquismo en España. Era joven, política y escritora insaciable. Defendía el comunismo libertario en mítines y en artículos, donde reivindicaba la lucha obrera, el derecho a la huelga o el fin de la explotación laboral. Había publicado ya más de treinta novelas cortas, en su mayoría dedicadas a mujeres idealizadas que alentaban el “no de las niñas”. El “no” a la sumisión de las niñas de carne y hueso que leían sus páginas.

Era, en resumen, una revolucionaria. “La indomable” la bautizaron, en alusión al título de uno de sus libros. O “La mujer que habla”, seudónimo que Federica Montseny acogió con una mezcla de asombro y tristeza, después de pronunciar una conferencia. “Ahí va la mujer que habla”, le escuchó a un muchacho al verla pasar. El chico la señalaba como si de un mirlo blanco se tratara. En vez de ruborizarse, según relató la propia Montseny, aquel apelativo le dio alas para seguir hablando ante otras mujeres que no habían conocido más opción que callar.

En ese verano del 32, y a sus 27 años, Federica había dado un paso que luego consideraría crucial en su militancia. Después de haberse formado en la teoría anarquista, que, por libre, le inculcaron sus padres, Joan Montseny y Teresa Mañé –conocidos en la prensa como Federico Urales y Soledad Gustavo–, y después de haberse fajado en cabeceras como La Revista Blanca, decidió tomar el camino de la “acción directa”. Y para ello, se propuso realizar una gira por una tierra que, por sus acuciantes necesidades, ansiaba conocer en profundidad: Andalucía.

“Ahí va la mujer que habla”, le escuchó a un muchacho al verla pasar. El chico la señalaba como si de un mirlo blanco se tratara. En vez de ruborizarse, según relató la propia Montseny, aquel apelativo le dio alas para seguir hablando ante otras mujeres que no habían conocido más opción que callar.

Página de ‘El Luchador’, donde aparece el artículo de Montseny sobre Alcalá

Junto a la familia Sánchez Rosa

Fue así como llegó Federica Montseny a Alcalá, previo paso por algunos pueblos de la Cuenca Minera de Huelva. El relato de aquellos días turbulentos, que coincidieron con el golpe de Estado de Sanjurjo, se recoge en el semanario anarquista El Luchador del 18 de agosto de 1932. “Arribé cansada, gastada por los días de propaganda intensiva en Nerva y Riotinto, ronca y algo resfriada”, escribiría Montseny.

En Sevilla la recibiría la familia de José Sánchez Rosa, un maestro, discípulo de Fermín Salvochea, que había trastocado el modelo pedagógico de la época con sus propias escuelas racionalistas, basadas en la coeducación –compartían aulas niños y niñas–, el laicismo y la enseñanza científica. Además, Sánchez Rosa era muy conocido por haber publicado una serie de manuales prácticos para los trabajadores, en su mayoría analfabetos o semianalfabetos. Por entonces ya habían aparecido La gramática del obrero, con nociones básicas para leer y escribir; El abogado del obrero, una guía que recopilaba leyes que amparaban al trabajador y explicaba cómo reclamar cuestiones laborales, sin necesidad de acudir a profesionales con altos honorarios; y estaba a punto de llevar a la imprenta La aritmética del obrero, con conceptos elementales de cálculo.

Montseny se alojó en la casa de los Sánchez Rosa, y desde allí partió hacia Alcalá, donde tenía fijada una conferencia en la sede de la CNT, que aún se situaba en el número 5 de La Plazuela, antes de trasladarse a la plaza de España, frente a los “grupos viejos”. Sin embargo, como solía ser habitual para los anarquistas en esos días, el acto se suspendió por la prohibición del gobernador civil de Sevilla, “el fatídico Valera Valverde”, lo llamaría Monsteny, quien había participado en la sanjurjada. Más tarde, nombrado gobernador civil de Cádiz por Queipo de Llano, Valera sería el máximo responsable del fusilamiento de cientos de republicanos y de firmar, entre otras órdenes, la suspensión de los carnavales en 1937.

Disconforme con aquel veto, Federica Montseny ideó otro plan para su visita a Alcalá, a sabiendas de la relevancia de esta localidad dentro del anarquismo andaluz. De hecho, como apunta Félix J. Montero, la CNT era, con gran diferencia respecto a otras, “la organización más numerosa e influyente” de las que existían en el pueblo antes y durante la Segunda República. El Sindicato de Oficios y Profesiones Varias de Trabajadores, que pertenecía a la Confederación, contaba por esas fechas con cerca de 5.000 afiliados. Una cifra elevadísima, si se tiene en cuenta que Alcalá tenía en 1932 unos 17.000 habitantes.

 

 

Una charla a oscuras

De modo que Montseny no dejó escapar la oportunidad de “lidiar” en una plaza tan importante, y preparó una alternativa en Alcalá: “Una charla afuera, a oscuras, en las riberas del río, bello paraje en el que nos reunimos un buen puñado de compañeros y compañeras”. Sobre aquel encuentro, la dirigente anarquista destacaría la actitud de “las mujeres de Alcalá, célebres por su espíritu revolucionario, por su actividad tradicional en nuestras cosas, por su entusiasmo”.

Aquellas alabanzas a las alcalareñas no eran gratuitas, ni mucho menos una forma de ganarse al auditorio. Las panaderías o los almacenes de aceituna habían forjado el carácter de lucha de muchas trabajadoras en Alcalá, y Montseny era consciente de ello. Como también lo era de las palabras que les había dedicado su compañero Juan García Oliver, quien meses antes, en mayo de 1932, publicó un artículo –igualmente en El Luchador– dedicado en exclusiva a “Las mujeres de Alcalá de Guadaíra”, de las que comentaría que eran “más importantes que el famoso pan que allí se fabrica”, tras ver emocionado cómo decenas de ellas acudían a su mitin pertrechadas de banderas de la FAI y flores y pañuelos rojinegros.

Después de expresar su ideario feminista y ácrata, Montseny disfrutó del paisaje de Oromana y el río. “Tomamos un barquichuelo, navegando veinte deliciosos minutos por las verdes aguas, que forman como un lago, rodeadas de vegetación, con un decorado natural de singular encanto”, describiría en El Luchador. A lo idílico del paseo, según la escritora, solo se opuso “el mal rato” que le hicieron pasar unos zapatos nuevos; incomodidad que se solucionó cuando le llevaron unas alpargatas “demasiado grandes”, que parecían “barcas” en sus pies.

De regreso, Federica Montseny esperó una media hora la llegada del autobús de Casal, que la devolvería a Sevilla. Era ya costumbre el retraso de tan “democrático vehículo”. En ese paréntesis, junto a Francisca, la mujer de Sánchez Rosa, tomó un refresco en la terraza de un café, sorprendida ante un alboroto de “chiquillos” y “una nube de curiosos”. “Todo Alcalá andaba revuelto con la presencia de la mujer que habla”, sentenciaba finalmente sobre su fugaz visita a Alcalá.

El resto, lo que ocurriría después en su trayectoria política, está registrado en los libros. Federica Montseny se convirtió ya iniciada la guerra, y no sin lágrimas de por medio      –estaba en contra del Estado y de todo poder–, en la primera mujer en ocupar un cargo ministerial en España. Se encargó de Sanidad y Asistencia Social en el gobierno de Largo Caballero durante seis meses. En ese periodo tan breve, reconoció que “no dio tiempo a hacer nada”. Aun así, puso en marcha un lugar de acogida para niños en Valencia, comedores para embarazadas, liberatorios de prostitución –donde se enseñaba un oficio, con el objetivo de que las mujeres dejaran de ser explotadas sexualmente– o un listado de trabajos que podrían ejercer las personas con discapacidad. Asimismo, inició el primer proyecto de Ley del Aborto en España, y firmó la evacuación de miles de niños, hijos de republicanos, hacia países como Rusia o México. De esta decisión, que se adoptó para apartar a los niños de la contienda, fue de la única que sentiría “remordimiento, pues con ella muchos quedaron “condenados a la orfandad”.

Su papel político la condenó, lógicamente, al exilio. Al reinstaurarse la democracia, Federica Montseny concedió entrevistas a los medios españoles y se siguió declarando fiel a los principios del comunismo libertario. Qué esperaban. Ante la pregunta de la obsolescencia del anarquismo, respondía que no estaba “opacado” ni eran ilusiones utópicas. “Al contrario –decía–, mientras las ideologías van fracasando, el anarquismo continúa impregnando a la sociedad, como movimiento moral y ético”. Y ponía como ejemplos la práctica del amor libre y la unión de parejas sin pasar por la vicaría; el ecologismo y el naturismo; la desobediencia civil, la lucha pacífica o el antimilitarismo. Ideas, apuntaba, que “se consideraban extremistas o radicales en su origen”, pero que “ahora –y hablaba en los ochenta– son de uso común”.

Federica Montseny murió en Toulouse en 1994. Allí, Aurora Tejerina, hija de otro desterrado anarquista, se sorprendía al ver pasear por las calles de la “ciudad roja” a una ministra “con los zapatos rotos”. O si no, con alpargatas.

Federica Montseny en un mitin de la CNT celebrado en Barcelona en 1977
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José Romero

Periodista y guionista, coordinador de '41500 Revista digital de Alcalá'