Comercio Local

Habitar Alcalá y no morir en el intento

 Habitar Alcalá y no morir en el intento

Está claro que Alcalá no es una ciudad hecha para los peatones. Podríamos decir que tampoco está hecha para los coches, dado su complicado trazado y su tráfico a menudo imposible. Aún así, muchas madres se afanan de nuevo, tras las vacaciones de Navidad, por las calles de nuestro pueblo tanto a pie como en coche, dando vueltas para llevar a las criaturas a extraescolares, recogerlos, hacer la compra y llevar a cabo “mandaos” de todo tipo. Si van a pie, se encontrarán las dificultades de las estrechas aceras, la suciedad, el ruido, los pasos de peatones desdibujados e inseguros y las largas distancias que recorrer. Si van en coche, les desesperarán la falta de aparcamiento, las rotondas de espera eterna y las absurdas vueltas para llegar a un punto más bien cercano.

Las ciudades, en realidad, no están diseñadas para las mujeres. Y no lo digo yo. Lo dice toda una corriente actual de arquitectas, urbanistas, sociólogas y antropólogas que piensan en cómo transformar nuestros lugares para hacerlos más habitables. Según estas investigadoras feministas, las ciudades actuales se organizan alrededor de las lógicas de mercado, que marcan cuatro necesidades básicas: habitar, circular, recrearse y trabajar. Así, las ciudades se zonifican, se parcelan, para luego articularse a través de los transportes, fundamentalmente el automóvil. Y, con el coche, contaminamos, perdemos mucho tiempo y nos desgastamos desplazándonos de un sitio para otro.

Se podría pensar que estos inconvenientes lo son para todo el mundo, no solo para las mujeres. Sin embargo, no podemos perder de vista que las tareas no relacionadas con el mercado y el modelo productivista, es decir, aquellas tareas vinculadas con los cuidados y la reproducción de la vida, las realizamos aún mayoritariamente las mujeres: criar a nuestras niñas y niños, llevarlos al médico, al colegio, a la biblioteca, cuidar de nuestras personas mayores, hacer la compra, surtir de ropa a la familia y de accesorios a la casa, etcétera. Esto significa que la planificación del urbanismo de nuestras ciudades ha dejado al margen a colectivos no productivos en términos capitalistas (no insertos en los circuitos de mercado), como las mujeres cuidadoras, así como a las comunidades racializadas, los grupos inmigrantes, los colectivos con diversidad funcional… Y que, por tanto, para estos colectivos, vivir, movernos, sentirnos seguros y cómodos en nuestra ciudad nos es muy difícil.

Poner la vida en el centro. Esto es lo que se exige desde el urbanismo feminista. Que no importe de forma prioritaria dónde comprar y dónde trabajar, sino cómo darle vida a nuestros barrios y cómo facilitar la reproducción de la vida, que, al fin y al cabo, es lo que más cuenta. Se propone crear ciudades compactas que faciliten llegar caminando a todas partes, o construir centralidades en diferentes espacios. Habilitar plazas y equiparlas con mobiliario urbano abundante como bancos, papeleras y buena iluminación. Organizar la ciudad para que responda a los deseos y las necesidades (las desesidades) de los colectivos diversos. Construir tanto en lo público como en lo privado: pueden ser cooperativas, ateneos y centros sociales. Tener en cuenta la historia, la memoria, que se valoren y visibilicen la historia de las mujeres y todas las aportaciones de los colectivos no dominantes a la sociedad.

En resumen, la radical transformación consiste en diseñar y construir espacios urbanos que faciliten la vida comunitaria, la visibilidad, las redes de apoyo mutuo, espacios próximos que estén bien equipados, bien señalizados. Se apuesta por una ciudad en la que todas las actividades se entretejan tal y como ocurre en nuestra vida cotidiana: vamos al trabajo, vamos a la compra, de vuelta recogemos a los niños del cole y, antes de llegar a casa, ya hemos echado la bonoloto, hemos visitado a nuestra madre para llevarle las medicinas que nos han recetado en el centro de salud y que hemos adquirido en la farmacia y hemos quedado con una amiga para tomar café. Nuestras vidas y todo lo que hacemos para sostenerlas se entrelazan de forma dinámica.

Yo creo que sí, amigas: otro modelo de ciudad es posible, si queremos habitar Alcalá y no perder la vida en el intento. Será bueno para nosotras y para todos.

Compártelo

Begoña Iza

Licenciada en Historia del Arte y profesora de Geografía e Historia en el IES Albero. Activista y defensora de un mundo justo.