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Disputas de reyes y pillos por el agua de Alcalá

 Disputas de reyes y pillos por el agua de Alcalá

Dibujo de Richard Ford que muestra la Puerta de Carmona. En la sombra, el Arca del Agua

Vicente Romero Muñoz ha buceado en los archivos para extraer más de doscientos expedientes que reconstruyen la forma en que se administró el agua que iba de Alcalá a Sevilla entre los siglos XVII y XIX. Además de ofrecer luz sobre los sistemas de suministro por casas y conventos, los documentos revelan denuncias por la disputa de tan preciado y escaso bien. Una serie de conflictos que el rey Felipe III no dudó en atajar: “El agua es mía”, afirmó en una cédula de 1603, privilegiando en el abastecimiento a su principal posesión en la ciudad, el Alcázar.   

 

“Una historia contada desde abajo hacia arriba”. Así define Vicente Romero Muñoz el trabajo realizado en su último ensayo, La jurisdicción real sobre la mina de agua de Alcalá de Guadaíra. El abogado e historiador alcalareño ha publicado recientemente un libro que considera “fruto de una larga maduración”, surgido seis décadas después de su primera visita al molino de La Mina, “el único subterráneo de Europa”, que le asombró y le animó a “adquirir noticias sobre el origen e importancia de nuestros manantiales”.

Desde entonces, Vicente Romero no ha cejado en su empeño. El resultado es esta obra que amplía el campo de visión sobre el acueducto de Alcalá a Sevilla, y, en especial, aporta valiosos datos sobre “su ámbito territorial, personal, procesal, administrativo y sancionador”. A través de más de dos doscientos documentos, desenterrados de los archivos del Palacio Real de Madrid y el Alcázar de Sevilla, Romero ha reconstruido desde la base –interpretando expedientes de infracciones, denuncias, sanciones a vecinos, etcétera– una historia jurídica del suministro de agua parcelada entre los siglos XVII y XIX, aunque también con numerosas referencias a periodos históricos anteriores y posteriores, hasta llegar a hoy.

Azulejo de la Virgen de las Madejas en el acueducto de Alcalá

Como idea motriz del estudio, como señala el propio Vicente Romero Muñoz, se encuentra la sucesión continua de conflictos en torno a la distribución del agua que llegaba a la capital hispalense procedente de Alcalá. Al tratarse de “un bien escaso que se debe compartir entre varios”, la gestión del agua pocas veces fue pacífica. De ser una administración compartida, “con expresos derechos y deberes para Cabildo y Alcázar” de Sevilla, en tiempos de los Reyes Católicos, pasó a “propiedad exclusiva” de la Corona durante el reinado de Felipe III. Una cédula firmada por este el 26 de diciembre de 1603 zanjaba las disputas de las autoridades locales, sentenciando: “El agua es mía, sin perjuicio de las cesiones que hayan hecho los reyes mis predecesores por parte de las mismas”.

Al tratarse de “un bien escaso que se debe compartir entre varios”, la gestión del agua pocas veces fue pacífica. De ser una administración compartida, pasó a “propiedad exclusiva” de la Corona durante el reinado de Felipe III.

De esta forma, Felipe III le daba preferencia a la atención del Alcázar, en cuyo mantenimiento trabajaban unas doscientas personas. A partir de este monarca, el abastecimiento de agua para el resto de la población “se convirtió en merced”. Mediante concesiones, las familias de la nobleza o los conventos adquirían la paja, que era la unidad de medida. Dependiendo de la compra realizada, se abría un orificio mayor o menor en las casas. Estas saetillas o heridas en los atanores –las cañerías, entonces construidas con tubos de barro cocido– surtían de agua durante todo el día, taponándose generalmente por la noche para evitar inundaciones.

Según Romero Muñoz, en 1611, el precio declarado por media paja –medida habitual por esas fechas para las casas pequeñas– era de 600 ducados; una cifra que estima “exorbitante”, teniendo en cuenta que un alto funcionario podía ganar entre 12 o 14 ducados al año. Para un peón, que se llevaba al bolsillo dos reales diarios, resulta evidente que no había más opción que acudir a las fuentes públicas, al río Guadalquivir o, si no, al pillaje como método de supervivencia.

Infracciones, sanciones y… ¿el modelo de Velázquez?

Uno de los aspectos más reseñables de la obra de Vicente Romero radica en la lectura de expedientes abiertos a vecinos de Alcalá y Sevilla. La mayoría de ellos, un 90%, se inicia de oficio por el teniente de alcaide, el juez titular de la jurisdicción o por denuncias de los funcionarios. Las infracciones más frecuentes eran las de “hurto de aguas en el Canal mediante la manipulación de las saetillas, hurtos del agua existente en la puerta de Carmona y contaminación de las aguas en las acequias y arroyos, por el mal uso del caudal”, apunta el historiador alcalareño.

“Hay una infracción específica de los molineros, ‘tener el agua alta’, que consiste en represar el agua antes de su molino para acumular más fuerza disponible”, añade Romero, “sin olvidar las constantes actuaciones sobre los labradores que roban el agua, perforando el canal, y los pastores que lo utilizan como abrevadero para sus rebaños”.

Para controlar la repartición y el uso del agua, la monarquía dispuso de un extenso funcionariado, que encabezaba un juez especial, secundado por un escribano, el maestro mayor de obras –proyectista y técnico de la construcción–, el maestro cañero –cargo con gran movilidad, responsable de la conducción desde el nacimiento del agua hasta el Alcázar–, el alguacil del agua –auxiliar del anterior, que recorría la cañería por dentro y por fuera–, los guardas, fontaneros, lateros… En definitiva, una vasta administración, de la que, a pesar de conocerse sus sueldos, su magnitud impide calibrar el volumen económico total que acarreaba.

En cuanto a las sentencias, se tiene constancia de que el Alcázar tenía potestad para ejecutarlas, y que las penas de prisión se cumplían en el mismo recinto, en un calabozo habilitado, aunque desde 1526 los condenados pasaron a la Cárcel Real.

Como curiosidad, entre las múltiples pequeñas historias que rescata Vicente Romero en este libro, sobresale un expediente de 1628, abierto a petición de los regidores de la ciudad de Sevilla “por la falta de agua en las fuentes públicas”. El procedimiento en este caso fue el siguiente: se denuncian sustracciones en el Arca del Agua, se “espía” durante la madrugada quien accede al depósito y se detiene a un tal Xiraldo Gómez, que tenía una llave falsa. En su declaración, este hombre, de unos treinta años, que dice ser francés y pronuncia unas “eses” muy marcadas –“esto es lo que passa”, afirma en varias ocasiones–, reconoce los cargos y es condenado a prisión.

Por fecha, por el origen del encausado y, sobre todo, por su oficio, Vicente Romero se pregunta: “¿Pudiera ser el modelo de Velázquez en su famoso cuadro del Aguador de Sevilla?”. Durante décadas se insinuó que el protagonista de esta pintura era ‘El Corso’, un personaje muy popular en la Sevilla de aquella época, que se dedicaba a vender agua, supuestamente de no muy buena calidad, como demuestra el higo que aparece sumergido en la copa, con la intención de perfumar. Quién sabe si es el mismo del expediente hallado por Romero Muñoz. Como dice este en su libro, quédese este asunto “para los especialistas”.

 
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José Romero

Periodista y guionista, coordinador de '41500 Revista digital de Alcalá'