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La hondura del río

 La hondura del río

El poeta Juan Álvarez, en la presentación de su último libro / Foto: Término

Acaba de presentarse el número 6 de la cuidada colección de poesía que viene editando Término en formato de plaquette. Su título es Égloga, y su autor es el poeta Juan Álvarez, alcalareño que se dio a conocer con su libro anterior –Por qué cortarse una oreja– y que supuso una agradable y reconfortante sorpresa en el mundo literario, y particularmente en el campo poético, donde afloró inesperadamente una forma que parecía proscrita en el mundillo y que Juan Álvarez rescató de forma audaz para regocijo de los que nunca negaron el valor de las formas. Dicho poemario, editado por Valparaíso, al margen de una temática honda y grave que tampoco daba la espalda a ciertos tonos populares, suponía un ejercicio de virtuosismo poético que recuperaba los metros clásicos de la poesía española, la rima y los hallazgos lingüísticos que nos recordaban en sonoridad y concepto al barroco más quevediano. La publicación constituyó una demostración de dominio del ritmo, de las medidas y de un vocabulario incisivo y sonoro que repiqueteaba en el bronce de unas campanas ignoradas casi siempre más de la cuenta.

Ahora, tras aquella brillante aparición, el  poeta nos regala esta Égloga como lugar de encuentro para todos los que de una u otra forma han podido tener un río conocido al que vincular alguna parte de sus días. Y es que el paisaje de la égloga de Juan Álvarez es el de un río muy cercano, un río que fluye manso pero que no se alarga ni se aleja en la distancia hasta llegar al mar –un mar ignoto que jamás conocerá–­­, sino que presenta una imagen quieta, estampa fija de un río que crece en profundidad, hacia lo hondo. Su discurrir antiguo sólo se descubre a través de las distintas capas de limo, de lodos, de cañaverales apretados y enredadas vegetaciones que se han ido acumulando en un tramo del río que hace de eje de toda la naturaleza de la composición. Es el único tramo posible del río porque no se conoce nada más allá, ni de dónde viene exactamente ni adónde va.

Escrito como un solo poema, esta égloga, de algo más de 250 versos, se desprende del rigor de las formas y de los metros más clásicos, antes comentados, utilizados por el autor en su anterior libro. Podría parecer que el poeta ha recurrido al verso libre para esta nueva composición, pero, si lo es, será sólo en apariencia por la ausencia de rima y por la variada e irregular medida de sus versos no estróficos, pues cada uno de ellos, por distinto que sea en tamaño, está perfectamente medido y con un ritmo interno claramente pautado. De tal modo consigue un tempo que, aún con saltos de agua en los rápidos de los versos más cortos y con los lentos meandros de los versos más largos, se mantiene homogéneo y fluye sereno a lo largo de todo el poema acompañado de una musicalidad pareja a la voz poética.

El río, este río cercano, no sólo es el paisaje que sirve de escenario para la vida, es también un palimpsesto, una acumulación de barros sobre su cauce en cuyas capas se han quedado grabadas imágenes de un pasado largo y no siempre glorioso. Imágenes de esfuerzos antiguos como las piedras de sus aceñas, de penurias, de sudor  (“los pies llagados y las manos grandes, nudosas y pacientes”); imágenes impresas bajo las aguas más nuevas  (“Que aún perdura, / entre los pliegues sucios de tus sucias enaguas, / algo de aquel estruendo mudo del grano virgen bajo la piedra”).

Pero es también un río que se ha tragado mucho, borrando el recuerdo de amores esforzados, de luchas malogradas, de pobres héroes sin nombre. Como pudo tragarse también el recuerdo del niño que encontraba refugio en su río cuando huía de las pedradas del mundo si no hubiese llevado encima un lápiz de poeta. Todos, los esforzados que aún se recuerdan, los olvidados, el niño aquel, son los lejanos pastores que pueblan una égloga que tiene mucho de elegía.

Si Garcilaso fio a su río la labor de eterno mensajero que llevara la voz de Nemoroso desde Toledo hasta el mar de Lusitania y lo uniera así a Elisa para siempre, Juan Álvarez se agarra aquí para siempre a su río, al cercano y sempiterno río del pueblo, como a un hilo umbilical que discurre en las honduras hasta volver a unir al hijo con la madre, como apunta cernudianamente el poeta: “En las blancas regiones del olvido”, y encontrar ahí quién sabe cuánto de esperanza y cuánto de redención para poder caminar de nuevo por los márgenes del río y volver a cantarle, a pesar de que todo ha de pasar por tal manera.

Título: Égloga

Autor: Juan Álvarez

Edita: Término

Año: 2020

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Juan Alcaide Rubio

Profesor de Lengua y Literatura, Geografía e Historia. Un cuento y medio libro de poemas ('Estancia del aire'). Atento a la poesía, para refrenar el paso y llegar de las afueras a los adentros.