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Blanco White: cartas de un disidente refugiado en Alcalá

 Blanco White: cartas de un disidente refugiado en Alcalá

El periodista sevillano se refugió en Alcalá en el año 1800 para evitar el contagio de fiebre amarilla, epidemia que le costó la vida a la sexta parte de la población hispalense. En sus Cartas de España, este sacerdote convertido al protestantismo retrató los temores y las supersticiones de la gente ante el avance de la enfermedad; además de criticar la calamitosa gestión de las autoridades civiles y eclesiásticas. Sobre todo, fue duro con las medidas de la Iglesia, que, en su opinión, empeoró la situación organizando procesiones o novenas dedicadas a la Virgen del Águila.

Por más que los libros de historia identifiquen el siglo XVIII con un tiempo de luces, cargado de reformas políticas y prosperidad social; los datos concretos que se refieren a Sevilla en esa época se empeñan, por el contrario, en mostrar una perspectiva menos brillante. Más allá de la realización de obras públicas y las propuestas de mejora de los servicios municipales, dicha centuria se caracterizó, a grandes rasgos, por la repetición de unos mismos patrones estructurales: la mala administración de los bienes de propios, la desidia de los concejos –controlados por las oligarquías locales–, la decadencia del comercio –sobre todo, después del traslado del monopolio americano a Cádiz en 1717­– o el estancamiento de la agricultura, que continuaba empleando técnicas arcaicas, propias de la Edad Media.

Si el horizonte económico no era demasiado halagüeño, tampoco la difusión del conocimiento podía aproximarse demasiado al modelo de la Ilustración francesa, abanderado por Voltaire y los enciclopedistas. El pensamiento español era rehén de la doctrina cristiana y acataba sin ambages la censura inquisitorial. Aunque no todo fue sumisión y, como ocurre en toda norma, también existieron algunos resquicios por los cuales se abrieron camino honrosas excepciones. En el caso hispalense, esa salvedad la representaron los poetas de la Academia de Letras Humanas y, acaso de manera inigualable, José María Blanco White, un periodista contrario a cualquier tipo de fanatismo, que pagó con el exilio su independencia ideológica y sus críticas a la Iglesia católica, a pesar de que llegó a ordenarse sacerdote en su juventud.

José María Blanco Crespo nació en la calle Jamerdana, en el corazón del barrio de Santa Cruz, en 1775; y no fue hasta su partida a Londres, tres décadas más tarde, cuando adoptó el apellido White, en honor a sus antepasados irlandeses. Las biografías lo describen como un niño solitario, que se cobijaba en la lectura para eludir las tareas de comerciante, oficio muy vinculado a su linaje y que él desechó para hacer carrera eclesial. No en vano, su abuelo, William White Nangle, había fundado en Sevilla, en 1720, una sociedad llamada White and Punklet, que mantenía excelentes relaciones mercantiles con Sudamérica e Inglaterra. Desde España exportaba productos agrícolas, principalmente naranjas, aceite de oliva y vino; mientras que del otro lado del Atlántico traía café, plátanos y otros frutos.

Según el profesor Antonio Garnica, experto en la figura de Blanco White, la riqueza acumulada por el irlandés William White, originario de Waterford, le permitió tener «en arrendamiento varias fincas rústicas» en la localidad vecina de Alcalá de Guadaíra; y probablemente, adquirir una vivienda de descanso, en la zona de Oromana. Esa casa, cuya ubicación exacta no ha podido determinarse, fue comprada mucho antes de que se generalizara entre la burguesía sevillana la moda de retirarse a orillas del río Guadaíra, en busca de sosiego y unas condiciones higiénicas favorables.

De ello queda constancia gracias a las Cartas de España, una de las obras fundamentales de Blanco White, escrita en su destierro inglés. En esos textos, que en principio fueron editados por The New Monthly Magazine en la segunda década del siglo XIX, el periodista recordó diversos episodios vividos en Sevilla, entre ellos su estancia de seis meses en la residencia de Alcalá, motivada por la epidemia de fiebre amarilla.

 

Vómito negro

Concretamente, es la carta sexta de Blanco White en dicho libro la que recoge las trágicas consecuencias de la fiebre amarilla en Sevilla. Esta enfermedad, también conocida como vómito negro o plaga americana era transmitida por el mosquito Aedes y causó la muerte, en mayor medida, a los europeos que se concentraban en zonas urbanas con una alta densidad de población. En Sevilla, se dijo que el mal brotó en Triana, dada la cercanía de este barrio al Guadalquivir y al desembarco de numerosos marineros provenientes de América, así como de Cádiz, El Puerto de Santa María o Gibraltar, donde la peste era endémica. Desde Triana se extendió con virulencia al resto de la ciudad a partir de 1800, hasta cobrarse la vida de la sexta parte de sus habitantes.

Cuando se propagó la epidemia en la capital andaluza, Blanco White ejercía como rector del Colegio Mayor. Allí padeció unas fiebres tercianas y, ante el recelo de que se pudiera agravar su estado con el vómito negro, el entonces clérigo decidió refugiarse en Alcalá, donde ya se encontraba su familia. En el pueblo se benefició de «la pureza del aire y del agua», y de que hubiera menos contagiados de fiebre amarilla. De todas formas, pese al aislamiento de Alcalá, le inquietó que los panaderos, que iban cada día a Sevilla, no tomaran ninguna precaución al respecto. Así lo refirió en Cartas de España:

«Como muchos de los alcalareños son panaderos y su único mercado es Sevilla, se vieron en la necesidad de seguir viniendo a esta ciudad durante la epidemia. […] Debido a esta costumbre, unos sesenta hombres, y doble número de mulas, salen de Alcalá cada día al amanecer para estar en Sevilla hasta la tarde en la plaza del Pan, colocados en dos hileras, cercadas con barandillas. Parece lógico pensar que estos hombres, al estar en constante comunicación con gente de todas partes de la ciudad y expuestos durante tanto tiempo a la atmósfera de una ciudad infectada, estarían en la situación más propicia para el contagio de la fiebre. Nosotros, ciertamente, temíamos que en cualquier momento apareciera en Alcalá. Pero es tan poco lo que sabemos sobre los efectos de las causas desconocidas, que de todos los que desafiaron el contagio de esta manera, tan solo uno, que pasó una noche en Sevilla, contrajo la enfermedad y murió. Todos los demás, así como el resto de la población, siguieron gozando de la salud de siempre que, tal vez a causa de la despejada situación del pueblo, es excelente en todo tiempo».

Con un tono irónico, similar al utilizado por Daniel Defoe en su Diario del año de la peste, Blanco White acusó a las autoridades civiles y eclesiásticas de una calamitosa gestión de la epidemia, que empeoró la situación. En vez de tomar medidas sanitarias de sentido común, como la de separar a la población enferma, el Ayuntamiento de Sevilla desoyó los consejos de los médicos y solicitó al cabildo catedralicio que se celebraran unas rogativas, con el objetivo de erradicar la enfermedad a base de plegarias.

Al comprobarse que los rezos no tenían el efecto deseado y que cada día aumentaba el número de fallecidos, de doscientos en doscientos, se adoptó «otro método más eficaz», que consistió en exhibir en lo alto de la Giralda el Lignum Crucis y organizar la procesión de un crucificado, custodiado en el convento de San Agustín, hasta la Catedral. Lo que se preveía como una solución milagrosa, acabó, sin embargo, en un desastre mayor, pues hubo tal congregación de personas en el casco antiguo que la fiebre amarilla se adueñó de la ciudad y, en apenas cuarenta y ocho horas, «las muertes se multiplicaron por mil».

 

Los predicadores

Desde Alcalá, Blanco White conoció al detalle los desmanes cometidos por el concejo hispalense. Pero en el pueblo vecino fue testigo también de otros miedos y supersticiones. La superchería fue en aumento cuando hicieron acto de presencia dos sacerdotes, «hombres ricos, orgullosos, muy pagados de la jerigonza que ellos tomaban por cultura y con una gran ambición de mando disfrazada con la capa del celo religioso». Estos predicadores, según relató el periodista, celebraron una novena en el santuario del Águila, en la que se atemorizó aún más a los alcalareños. En estas misas –«burla del sentido común y la religión», en palabras de Blanco White–, no solo se prohibió la entrada a las mujeres que iban «vistosamente ataviadas», sino que se atribuyó a la «perversidad» de estas –a sus faldas cada vez más plegadas y a sus peinados provocadores– la transmisión de la plaga.

Blanco White vio entristecido cómo la población de Alcalá rehusaba aplicar métodos racionales para evitar la epidemia y se acogía, en cambio, a la protección de la patrona; una Virgen que describió de la siguiente manera:

«La Gran Diana de los alcalareños es una imagen de madera, pequeña y fea, ennegrecida por los años y el humo de la lámpara que arde continuamente ante ella, vestida de arriba abajo con túnica y manto de tisú de oro y con una corona de plata. Se distingue entre el innumerable ejército de imágenes de la Virgen por el título de Virgen del Águila y es venerada en un lugar muy romántico, donde se alzaba una gran fortaleza mahometana, de la que son visibles aún sus grandes ruinas».

Para Blanco White, «el único efecto positivo» de la visita de los predicadores a Alcalá fue la mayor asistencia de fieles al rosario de la aurora, «una de las pocas costumbres útiles y agradables que la religión ha introducido en España». El escritor se alegraba de que los hombres, que salían al alba para trabajar en el campo, acudieran a la procesión para acompañar el tintineo de la esquila y el canto armonioso del rosario, «susurrando la proximidad de la vida y la actividad que vuelve con el nuevo día».

Calificado de antipatriota y hereje por Menéndez Pelayo en Historia de los heterodoxos españoles, José María Blanco White sobrevivió a la tragedia de la fiebre amarilla y a la embestida todavía más cruel de la Guerra de la Independencia, en la que prefirió no decantarse por ningún bando. A partir de 1810, continuó su labor intelectual en Inglaterra, ejerciendo como pastor protestante, fundando nuevos periódicos y componiendo extraordinarios poemas, como su Mysterious Night!, que fue ensalzado por Coleridge como «una de las cosas más delicadas que hay en lengua inglesa». Tal fue el olvido al que se le sometió en su país que las Cartas de España no fueron traducidas al castellano hasta siglo y medio después. En Sevilla, tampoco se le perdonó durante décadas su disidencia y la crítica a sus tradiciones y sus dogmas. Por más que estos solo aportaran sombras en el pretendido tiempo de las luces.

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José Romero

Periodista y guionista, coordinador de '41500 Revista digital de Alcalá'