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Manuel Jesús Roldán: “El teletrabajo en la enseñanza es un sálvese quien pueda”

 Manuel Jesús Roldán: “El teletrabajo en la enseñanza es un sálvese quien pueda”

Con Manuel Jesús Roldán (Sevilla, 1970) al otro lado del teléfono, se abren decenas de frentes para conversar. Profesor en el IES Albero desde hace diez años, “que no es poca cosa”, este historiador del arte ha compaginado la enseñanza con la divulgación cultural a través de libros, artículos periodísticos o guiones para televisión. En su noray, levantado a orillas del Guadalquivir, se encapillan tres grandes pasiones: la historia, el patrimonio y la Semana Santa hispalenses. Pero actualidad obliga, y la entrevista que podría haber sido, en persona y con decenas de frentes abiertos, se aferra a temas, sin duda, más grises. Al “tema”. Aunque no por ello se deje de pensar en el futuro y se suelten amarras.

 

Tras el confinamiento, ¿cómo está siendo su día a día trabajando a distancia con los alumnos?

Intento mantener un equilibrio. En el día a día estoy en contacto con los alumnos por teléfono o correo electrónico. Ellos mandan sus actividades, las corrijo y vamos resolviendo dudas. Mantenemos una dignidad. Y como también tengo hijos en casa, por la mañana intentamos tener una normalidad en esta pesadilla que estamos viviendo.

¿Cuál ha sido la respuesta del Albero ante esta crisis?

El instituto ha generado un documento para que semanalmente se cuelgue una serie de actividades que los alumnos deben realizar y enviar a final de semana. Eso ha requerido un esfuerzo enorme, que normalmente no se ve. Un esfuerzo de una jefatura de estudios que, en un fin de semana, preparó setenta páginas en el que entran todos los profesores y todos los horarios. 

En caso de que el aislamiento se prolongue mucho más, ¿sería viable mantener la educación a distancia?

No, mucho tiempo no sería viable. De hecho, la educación a distancia, sobre todo en los niveles en los que estamos nosotros, se mantiene con una especie de decreto de mínimos. Evidentemente, lo que se puede explicar o las dudas que se atienden en una clase no se pueden resolver en una plataforma digital. Entre otras cosas, porque la mayoría de nosotros no está dando clases a distancia, sino que las estamos solventando mediante actividades o vídeos. Espero que podamos volver si no a mediados de abril, sí a finales de ese mes. Ojalá, porque nos permitirá recomponer el curso. Creo que se puede recomponer perfectamente. En esto no soy dramático ni catastrofista. Estamos viviendo una situación muy compleja, me conformaría con volver, al menos, un mes y medio. Quiero ser optimista. 

¿Estamos preparados para una enseñanza telemática de calidad?

No es posible en centros que normalmente adolecen en el día a día de esos medios técnicos. Estamos en un instituto que tiene pizarras digitales en todas las aulas, conexión a Internet…, pero que fallan. En muchas ocasiones tenemos ordenadores sin un mantenimiento adecuado. En nuestra sala de profesores hay siete u ocho ordenadores, y somos setenta profesores. En el momento en que más de siete u ocho quieran ponerse a trabajar, no pueden hacerlo. Si la gente viera que tenemos sillas de hace quince años y están deshilachadas, se darían cuenta de que los medios técnicos tampoco son los más apropiados. Se suple con la voluntad del profesorado, no por otra cosa.

¿La situación que vivimos de parálisis casi completa provocará cambios a nivel educativo?

Intuyo que a corto plazo habrá muy buenas intenciones. Por parte del alumnado, quizás algunos comprenderán la importancia de la enseñanza. Algunos se darán cuenta de la necesidad del ritmo de trabajo. Los propios alumnos están demandando volver a clase. Ojalá eso les sirva de enseñanza. Y por otro lado, espero que las administraciones se den cuenta de que hay que invertir más en educación. Aquí se ha mandado a un colectivo a casa de un día para otro, con teletrabajo, que es un sálvese quien pueda. Sin plataformas compartidas, sin medios técnicos, sin medios por parte de los alumnos… No nos engañemos. Cada uno usa un tipo de plataforma. Y como siempre, todo se acaba dejando al voluntarismo del profesorado, y eso no puede ser. Espero que por parte de la administración haya una reacción cuando salgamos de esto. Pero supongo que luego vendrán los recortes económicos, y espero que no recaiga sobre los mismos, que solemos ser los docentes.

Apartándonos del asunto que lo centraliza todo estos días, ¿cómo ha sido su experiencia hasta ahora en el Albero?

Muy buena en comparación con otros centros de Andalucía por los que he pasado. En el Albero me he situado y prácticamente soy de la familia. Es un instituto que mantiene aún las formas de los centros tradicionales, tiene un buen nivel de bachillerato. Pero, sobre todo, tiene muy buen profesorado y muy buen ambiente de profesorado, a pesar de las dificultades de infraestructuras. 

Buenos resultados académicos, satisfacción entre el profesorado… ¿Cuál es el secreto del Albero en los últimos años?

Creo que el secreto es mantener un buen nivel académico en Bachillerato, que parece que es algo que se obvia o se ignora. Bachillerato es una enseñanza postobligatoria que, afortunadamente, tiene un control final, que es la Selectividad. Y digo afortunadamente porque hay gente que lo critica. La Selectividad es una prueba que iguala a todo el mundo, a públicos, privados, concertados… Eso hace que se den los mismos contenidos. El Albero tiene un buen alumnado en Bachillerato, pero, al mismo tiempo, creo que hay un buen profesorado que mantiene ese sentido de lo académico y de la excelencia, que son palabras que hay que mantener y que se relegan a lo privado, cuando deberían ser el santo y seña de lo público.

Como dice, esos resultados cristalizan en la Selectividad, pero no solo ahí se queda el Albero. También hay muchas actividades y propuestas culturales. Es un centro que no para.

Cuando llegué al Albero, eso me llamó la atención y dije “me habéis embaucado con la propuesta cultural”. Un centro es mucho más que los temarios y todo lo que impone la Administración. Evidentemente, a un alumno le dice mucho más escuchar a un buen conferenciante. Allí hemos tenido desde dibujantes gráficos, como Forges, hasta grandes escritores o tenores. Vivir directamente el contacto con la cultura es impagable. Pero es muy dificultoso conseguirlo. Los centros públicos contamos con muy pocos medios para hacer ese tipo de actividades, y tenemos que tirar de mucha imaginación y de compromisos.

De las actividades que ha llevado a cabo, ¿cuál recuerda con más cariño?

Especialmente me agrada cuando he presentado mis propios libros a los alumnos. Ellos ven eso como una especie de descenso a la tierra de las personas que escriben. Ver cómo se hace un libro desde el principio, ver tu foto en la solapa… A ellos eso les parece un mundo y acerca mucho la posibilidad de leer. También me agradan los momentos que he ido de visita cultural. Doy Historia del Arte, y en el instituto es casi una tradición salir el Viernes de Dolores a Sevilla para hacer un recorrido por las iglesias. Es una forma de conocer de cerca el patrimonio, el arte, la imaginería, el bordado, la historia… En Alcalá tenemos también la opción de ir al Museo, que hemos visitado en muchas ocasiones. Recuerdo una experiencia muy bonita con el escultor Antonio Cerero, en la exposición ‘Las curvas de Venus’, donde tuvimos la opción de que él viniera con nosotros y yo le leyera unos textos, mientras los alumnos estaban alrededor de las esculturas. Que ellos estuvieran sentados alrededor de las esculturas era como estar “tocando la obra”. 

Esa es la parte positiva, pero ¿qué hay en la cara oculta de la luna del Albero? 

Hay un problema en especial que es la saturación del alumnado. Nunca nos cansaremos de decir que el Albero es un instituto hecho para 600 alumnos y tiene 1.200. Esa es una proporción de cárcel bananera. Se hicieron duplicados de salas, de aulas… Los servicios se transformaron en aulas. Y eso, lógicamente, crea perjuicios en la enseñanza.

¿Y en general, más allá del Albero?

En la cara negra de la enseñanza, en general, están las políticas educativas. La mayoría de los partidos tienen a la educación en un segundo plano, y me da la sensación de que se escuda todo en el resultado fácil del aprobado y en una farragosidad del lenguaje, del papeleo, para enmascarar la enseñanza. En la enseñanza se debería atender más al enseñante tradicional, al que sabe transmitir una idea. Hay una concepción administrativa-pedagógica-política alrededor que hace que al profesorado se nos cargue con una serie de obligaciones que no debería ser nuestra. Además, la enseñanza muestra un problema generalizado, que es la falta de esfuerzo. Vivimos en una sociedad superficial que admira el dinero fácil, el esfuerzo fácil, la imagen fácil que transmitimos a través de las redes sociales… Y hay una última cosa que es el tema audiovisual. Vivimos un momento crucial de cómo entender esa masiva presencia de imágenes que los alumnos tienen en un mundo en el cual los profesores seguimos usando una pizarra. Por muchos medios técnicos que tengamos, concentrarnos en la palabra es muy difícil ante un alumnado que viene con una sobrecarga de imágenes.

Ya ha comentado que traslada sus libros a clase. Lo ha hecho con el anzuelo de la anécdota, como hemos visto en su ensayo Eso no estaba en mi libro de Historia del Arte, donde parte de curiosidades que alimentan el interés de los alumnos. Una opción que no tiene por qué oponerse a lo académico…

Para nada, yo entiendo que para transmitir conocimiento hay que partir de lo que los alumnos saben y les interesa. Cuando un alumno llega a la asignatura de Historia del Arte en 2º de Bachillerato descubre un mundo completamente nuevo. Es una asignatura ardua, muy larga de contenido, pero que luego la gran mayoría queda fascinada, porque visualmente engancha. Y hay que partir de lo que ellos conocen. Si ellos conocen el mundo de las redes sociales, hay que contarles que determinados autores empleaban el Instagram de su tiempo y se hacían selfies, se autorretrataban como pintores. Eso es fundamental para que se enganchen a la asignatura. Y luego viene lo académico, que hay que darlo. La enseñanza no es un juego. Al instituto vamos a aprender de la forma más amena posible, pero eso necesita un esfuerzo. 

En comparación con países como Inglaterra, donde hay casos magistrales de divulgación de la historia, ¿no cree que estamos un paso por detrás y seguimos anclados en fórmulas tradicionales?

El problema está en que no se apuesta por la divulgación histórico-artística, a pesar de que tiene un gran público. He colaborado en muchos medios de comunicación, y la audiencia es espectacular. No hablamos solo de entretener, sino de que esto podría tener muy buena salida económica. Es rentable y al mismo tiempo forma a la población. Los medios audiovisuales se tienen que dar cuenta de eso. Estamos constantemente con programas como Sálvame, que se llevan cuatro horas diarias emitiendo basura… Imaginémonos que esas cuatro horas fueran de otra cosa, tendrían público seguro. Lo mismo he percibido en los libros. He escrito libros de historia, de arte, Semana Santa, aunque también algunos de relatos, y tienen unas ventas enormes, algunos con varias reediciones. Tiene su público y hay que recordar que económicamente es rentable.

Hablando de uno de los asuntos recurrentes en sus libros, la Semana Santa, ¿qué opinión tiene sobre la posibilidad de realizar procesiones en septiembre? ¿Lo ve desnaturalizado?

Empezar ese tema ahora con lo que estamos teniendo, me parece una frivolidad, tanto el tratamiento que se le da desde determinados medios de comunicación como desde la propia jerarquía eclesial. Ahora no es tiempo para hablar de eso. De todas formas, la Semana Santa tiene sus fechas. Que se quiere organizar algo extraordinario cuando esta pesadilla pase en forma de procesiones extraordinarias o en acción de gracias, se podría hacer, por qué no. Estamos viviendo algo tan extraordinario que se podría hacer algo extraordinario. Pero hemos convertido lo extraordinario en ordinario, constantemente tenemos salidas, traslados, viacrucis, etcétera; y ya no sabemos diferenciar una cosa de la otra. Y en esto también hay que hacer didáctica y decirle a la gente que la Semana Santa va unida a un tiempo litúrgico.

Si entrara de lleno en la historia o el patrimonio de Alcalá, ¿qué libro escribiría?

Sin duda, haría un libro sobre la destrucción del patrimonio de Alcalá, que contara lo mucho que, desgraciadamente, se ha perdido en esta ciudad. Por ejemplo, los niños se sorprenden cuando les hablo del convento franciscano que había en los pisos de San Francisco. O cuando les explicas la desamortización, que sepan que también se produjo al lado de su casa. O que San Miguel era una iglesia gótico-mudéjar, y que en las parroquias de Alcalá han tenido obras de Martínez Montañés o Pacheco, aunque ya no se conserven. Sería importante que alguien lo recuperara de forma didáctica. 

¿A quién me recomendaría para la siguiente entrevista?

A Antonio García Mora, compañero y amigo de departamento en el Albero, que está moviendo el Congreso de Historia y Cultura de Alcalá, unas jornadas plausibles y magníficas, que es curioso que no hubieran existido hasta ahora. Deberías lanzarle el lazo, porque aparte de buen conversador, sabe muchísimo de Alcalá y puede dar una perspectiva amplísima de la Historia. 

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José Romero

Periodista y guionista, coordinador de '41500 Revista digital de Alcalá'