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Miguel Mediano: macros extremos para una naturaleza fascinante

 Miguel Mediano: macros extremos para una naturaleza fascinante

Hay grandes historias que surgen de un fiasco. Es el caso de la relación de Miguel Mediano con la fotografía y, en concreto, con la técnica del macro extremo, en la que se ha convertido en un consumado especialista. “Todo empezó por un fracaso”, cuenta con una sonrisa este alcalareño de setenta años, que fuera técnico de mantenimiento en la fábrica de Roca. En 2006, su pasión por la pesca le llevó a realizar un catálogo de moscas, que no consiguió las ventas que esperaba; pero, eso sí, le metió de lleno en un mundo que le era ajeno hasta entonces: el mundo de la fotografía de naturaleza, que le ha atrapado hasta el grado de firmar miles de imágenes de insectos o plantas, que revelan detalles espectaculares, invisibles al ojo humano. 

De una pasión a otra, de la pesca a la fotografía, la paradoja de Miguel Mediano se aclara por su propio carácter. “Soy una persona muy inquieta, no me puedo quedar en la superficie de un proyecto que emprenda. Siempre estoy compitiendo conmigo mismo”, señala, para asegurar, a continuación, que está modificando constantemente el set-up fotográfico que tiene en casa. En ese estudio ha podido realizar en torno a 5.000 instantáneas. “Pero son fotografías terminadas”, recalca. Esas 5.000 imágenes se quedan muy cortas si se tienen en cuenta los centenares de fotografías extras que requiere el macro extremo. “En una sesión –apunta Mediano– puedo hacer de media entre 100 y 120 fotos”. 

Pero ¿por qué tantas fotos para una sola foto? En una breve e ilustrativa masterclass, Miguel Mediano explica en qué consiste el apilado o, lo que es lo mismo, la base del macro extremo. Se trata del método que permite obtener una fotografía de enorme aumento con todo el plano enfocado. De manera que para un insecto de apenas unos centímetros o, incluso, milímetros, como los que fotografía Mediano, se necesitan ampliaciones enormes, si se desea cubrir todo el sensor de la cámara. Todo ello para conseguir la mayor profundidad de campo posible. Luego, con esas cientos de fotos se forma una pila y, a través de un software especializado, se obtiene la parte enfocada de cada una de ellas, hasta unirlas en una sola imagen en la que el foco es completo en todo el insecto.

En estos catorce años de progresos en la fotografía, Miguel Mediano recuerda cómo empezó con una lente 1.1 de “una Canon corriente”; y cómo gracias a Emilio León, “el mejor fotógrafo de Semana Santa de Alcalá”, y a una lente que a este no le servía, abrió “la ventana al mundo del macro”. Desde entonces, las imágenes de Miguel Mediano no han dejado de sorprender. Y, sobre todo, no han dejado de descubrir un micromundo que existe –en el entorno del río Guadaíra o en cualquier paraje natural– y que no somos capaces de percibir a simple vista. Por ejemplo, en el musgo o en las gotas de rocío que caen de una planta, “escenas” con las que empezó Mediano, “por ser quizás más agradables”; hasta derivar al espectro de dípteros, coleópteros, himenópteros… Es decir, moscas, mosquitos, escarabajos, abejas, hormigas… que aparecen retratados en una enormidad desconocida.

De esas decenas de “bichitos” que Miguel Mediano busca en Oromana, en zonas de colmenas o alrededor de estanques y piscinas, ninguno ha fascinado tanto al fotógrafo alcalareño como la típula, un insecto que se suele confundir con los mosquitos gigantes, a pesar de ser de familia diferente. “Lo más sorprendente son los ojos, he visto pocas cosas así, no imaginas lo atractivo que puede ser. Y las alas son como vidrieras de catedral”, apunta Mediano con admiración. Con el mismo énfasis se refiere a otras especies, como la chrysolina grossa, un escarabajo que ha fotografiado junto al molino de la Aceña, “una zona muy caliente y con gran población de insectos”, que le ha servido de base natural para trabajar, al igual que “el liquen o el albero, que dan un colorido brutal”.

En solitario o acompañado de amigos de la Asociación Fotográfica Alcalareña (AFA), de la que se siente orgulloso de pertenecer con el número 34 de socio, Miguel Mediano sigue escrutando la naturaleza local sin otro ánimo que seguir aprendiendo y mejorando en sus macros. “Algunos fotógrafos chilenos, que también se dedican a los macros extremos, conocen mi trabajo y me consultan. También algunos biólogos me han pedido imágenes de insectos”, comenta, abriendo la puerta a colaborar desinteresadamente con profesores que puedan necesitar sus fotografías para fichas, o bien para sus clases. “No aspiro a más, me planteo retos a corto plazo”, dice, con la satisfacción de poder compartir sus imágenes en redes sociales o sus conocimientos en un taller que ofrecerá AFA a finales de marzo. “Antes éramos tres o cuatro los que hacíamos macros extremos, y desde hace unos años estamos creciendo”.

Miguel Mediano se considera “más técnico que artista”. Sin embargo, en sus fotografías hay más cuota de creatividad de lo que él reconoce. El ejemplo está en su propio sistema de trabajo, en la traslación de la cámara, que sigue siendo mecánica, por más que avance los métodos digitales. “Si me decanto por esto último, “¿yo qué hago?”, se pregunta. “No quiero perder la libertad de decidir y seleccionar, necesito expresarme con mis fotos”.

El siguiente paso, después de haber alcanzado resultados sobresalientes con los macros extremos, sería la fotografía científica. “Pero esta requiere de un equipo de muchísimo nivel, muy caro”, puntualiza Mediano. Aunque al decirlo, su voz parece dejar una puerta entreabierta, con un tono de “quién sabe”. Acaso todo dependa de un próximo “fracaso”. 

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José Romero

Periodista y guionista, coordinador de '41500 Revista digital de Alcalá'