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Periférica y marginal, Alcalá en la Transición

 Periférica y marginal, Alcalá en la Transición

Ilustración: Guillermo Bermudo

“A contrapelo” es una locución adverbial que se puede emplear tanto en un sentido literal como figurado. Literalmente, sirve para indicar la acción de cepillar el pelo en una dirección contraria a la inclinación natural. Lo cual, así de primeras, además de la incomodidad comporta una paradoja. De ahí que el objetivo de estas palabras preliminares sea procurar orientación y amparo de quienes, contra el ritmo natural de las cosas, eligieron plantearse por qué no de otro modo.

Si los veterinarios recomiendan realizar cepillados a contrapelo para ver si nuestra mascota tiene algún parásito. Pues, según aseguran también, sirve además para activar su circulación sanguínea. Asimismo, aunque en un sentido metafórico, para el análisis de los bienes culturales Walter Benjamin habló de “cepillar la historia a contrapelo” para nombrar un método capaz de alumbrar aquella realidad menos afortunada, escondida u oculta; y, en cualquier caso olvidada, en las versiones más complacientes y felices de los procesos históricos.

Y esto es lo que nos proponemos, evidentemente dentro de nuestras modestas posibilidades, probar la utilidad del método del judío berlinés para reflexionar críticamente sobre un tema aparentemente ya de sobras conocido (la Transición). En un espacio mucho más restringido (Alcalá de Guadaíra) y sacando a la luz aquellos ámbitos (desde la heroína y la delincuencia juvenil, el teatro o la música contraculturales, bares de copas, tabernas…) y actores (quinquis, pasotas, taberneros, gente de farándula y otras tribus urbanas) de la bohemia transicional que han permanecido en la penumbra durante el largo período de vigencia de la versión oficial.

Se trata, en suma, de una pequeña aproximación que, no obstante, frente a “la ubicua monocromía” con la que se suele pintar aquel tiempo aspira a aumentar las opciones, la paleta de colores y matices de forma que las sombras, y no solo las luces, ocupen el lienzo. Tampoco se trata, naturalmente, de hacer una historia desde abajo y sus excrecencias, que olvide la importancia decisiva que para el logro de la democracia tuvieron los actos del poder. No. El problema reside en que recopilar las conquistas rutilantes de aquel proceso político no basta para ocultar sus miserias. Porque, como nos advirtiera W. Benjamin en otra de sus relampagueantes frases: “Detrás de cada monumento de cultura, se esconde un monumento de barbarie”.

Ilustración: Guillermo Bermudo

Querámoslo o no, la historia de un país es también la de sus pecados y delitos. Todas las historias, de una u otra forma, merecen ser contadas. De hecho, no pocas de las manifestaciones creativas que ya fuera por sus sensibilidades críticas, freak…, o estar al margen –o marginadas– de la representación de la escena política oficial, fueron oficialmente ninguneadas tuvieron una importancia decisiva en los cambios culturales que por entonces se operan. Y así, al igual que de la ETA puede decirse ha sido el verdadero parteaguas de la historia inmaculada de nuestro pasado reciente, lo mismo del devenir de los quinquis y la heroína, el SIDA y el resto de estragos que genera la vida asociada a ella; pues fueron la funeraria del relato feliz de la Transición, la “guerra” incluso de la generación de los 80.

Dicho esto, la asunción de los efectos perversos –no deseados, aunque en parte inducidos– del sistema de libertades que trajo consigo el cambio político, tiene un carácter ciertamente lúgubre que, empero, nos parece también liberadora del moho de la memoria que nos impide pensar el pasado desde todas sus aristas. Y, en tanto que hurga en algunos de los usos de la violencia durante la Transición, dar con las raíces –menos edificantes– en las que se fundamenta.

Prevenidos estamos de lo que los franceses llaman nostalgie de la boue, la fascinación que produce el mundo de la marginalidad, el delincuente y lo suburbial… La malsana tendencia, en fin, de quienes, es preciso advertir, bajan al barro no para quedarse a vivir.

Lo que proponemos, por último, es acercarnos al fenómeno quinqui y otras transgresiones culturales de la llamada “generación perdidaque tuvieron lugar durante la Transición, sin idealismos ni moralinas. Porque no hay condenada belleza en los jóvenes envejecidos prematuramente…, pero sí en la justicia, y abrigamos la esperanza de que esas maneras de vivir, otra vez según Walter Benjamin, al poner al descubierto las costuras de la ley, desafiaron y pusieron en jaque el modus operandi de un sistema que se ha construido sobre una redistribución violenta e injusta de la riqueza. En este sentido, los quinquis y otros actores marginales más que una patología social son sujetos políticos, porque su desobediencia, sin ser militante, prefigura otro modelo de sociedad. No, sin duda, mejor… Pero donde quedan signos del fulgor de lo indómito, que es la única fórmula para escapar de un estilo de vida conformista con los males del capitalismo e imaginar otros mundos…

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Vicente M. Pérez

Profesor de Geografía e Historia del instituto Cristóbal de Monroy, Vicente M. Pérez Guerrero (Alcalá de Guadaíra, 1971) es también profesor asociado de Didáctica de las Ciencias Sociales de la Universidad de Sevilla. Pertenece al consejo editorial de la revista 'Con-Ciencia Social'. En su momento, publicó poesía para la revista 'Infame Turba. Industrias literarias', de la que fue miembro fundador. Ha compuesto las canciones de los diferentes grupos de pop-rock en los que ha tocado cosechando algunos premios en concursos de música independiente. Publica en el periódico local 'La Voz de Alcalá' desde hace más de veinte años.