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Pero ¿hubo un campo de concentración en Alcalá?

 Pero ¿hubo un campo de concentración en Alcalá?

Prisioneros del Batallón Disciplinario de Alcalá en 1942

En plena Guerra Civil y los primeros años de posguerra, el franquismo hacinó a unos 300 presos en un barracón situado junto al actual Club de Tenis Oromana. El nombre oficial que el régimen dio a aquella colonia de castigo fue el de Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados número 113; un “eufemismo”, según los historiadores, con el que aún hoy se pretende suavizar la cruda realidad de “un campo de concentración con todas las de la ley”, como afirma Félix J. Montero.

Ningún vestigio aparece en el entorno del pinar o las pistas de tenis. Tampoco se distinguen recuerdos o placas institucionales en las inmediaciones de la avenida de Portugal, llamada así, precisamente, desde la Guerra Civil, en agradecimiento al apoyo que le brindó el gobierno salazarista al bando nacional. La tranquilidad reina en ese recodo de Oromana, donde tan solo los fines de semana y festivos se apiñan familias y coches alrededor de un parque infantil. El resto es sosiego y belleza natural.

“Oromana era un ondulado sueño de pinos susurrantes de brisa y nidos”, escribiría Luis Caballero rememorando esas vistas. El cantaor de Aznalcóllar fue uno de los presos que pasaron por el Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados ubicado en tan idílico lugar, en la zona de San Buenaventura. No imaginaba que un escenario así se convertiría en un sitio para la miseria y la tragedia. Por allí, además de Caballero, desfilaron cerca de 300 jóvenes considerados “desafectos” al régimen franquista y en edad de cumplir el servicio militar.

Por el Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados, ubicado en la zona de San Buenaventura,  desfilaron cerca de 300 jóvenes considerados “desafectos” al régimen franquista y en edad de cumplir el servicio militar.

Al no poderles atribuir ningún delito, y tras haber pasado por consejos de guerra, estos hombres sufrieron, en palabras del ex alcalde de Alcalá de Guadaíra, Félix J. Montero, un “castigo gubernativo”, por el simple motivo de dar su apoyo al bando republicano. Esta represión se practicó contra aquellos presos que pertenecieran a las quintas de 1936 a 1942, y estuvieran en libertad condicional o condenados por la Fiscalía de Tasas, generalmente por casos de estraperlo, en tiempos de hambre y extrema necesidad.

Para algunos, todavía hoy, el Batallón Disciplinario de Alcalá no significó más que un cuartel donde hicieron la “mili” unos soldados a los que se les permitía acampar a sus anchas y relacionarse incluso con la población. Sin embargo, estudios como los de Edurne Beaumont y Fernando Mendiola, de la asociación vasca Memorian Bideak, señalan que “no cabe duda del carácter punitivo y político” de estos batallones, donde se aplicaba un “castigo extrapenal, en situación de cautividad y privación de libertad, que queda englobado dentro de la misma estructura que los campos de concentración”.

 

Confusión, silencio y olvido

Pero ¿por qué se niega esa denominación de “campo de concentración” a la hora de referirse al Batallón de Oromana? Personas consultadas en Alcalá remiten a recuerdos de infancia o testimonios de familiares que decían que “en ese campamento no había ni siquiera vallas, y los soldados disfrutaban de cierta libertad y permisos”. “Algunos de ellos –añaden– se llegaron a quedar en el pueblo, al casarse con mujeres de aquí”. Fue el caso, por ejemplo, del madrileño Raimundo Rodríguez, conocido como ‘El Charolista’, del que sabemos, gracias al testimonio de Francisco García Rivero, que se casó con la alcalareña Dolores Ordóñez, residiendo desde su matrimonio y hasta su muerte en la localidad.

Precisamente, en sus Crónicas y memorias de Alcalá de Guadaíra, el escritor local Francisco García Rivero aludía al nombre por el que eran conocidos los integrantes del Batallón en Alcalá. “Los prisioneros” eran llamados, y no “los soldados”. Sobre ellos, García Rivero refería que recibieron “una disciplina estricta y sin poder manejar armas”; aunque durante una temporada, en la que tuvieron como jefe superior a “un comandante aragonés”, el control se relajó y se les dio permiso “para dar una vuelta por el pueblo por las tardes y dejaba que pasaran el día con los muchos familiares que venían aquí a verlos”. Incluso, García Rivero apunta anécdotas protagonizadas por los presos en esas “salidas” excepcionales.

Venían a misa los domingos a Santiago en formación, que le daba a nuestro pueblo una nota muy sentida. Uno de ellos, llamado Marimón, se hizo famoso porque recitaba con gran profesionalidad y estilo, inclusive una poesía muy emotiva, de la que era autor. Llegó a actuar en el teatro de los Salesianos y creo que hasta en el Gutiérrez de Alba, y le hizo una poesía a nuestro Jesús, que recitó la madrugada del Viernes Santo a la salida, en la puerta de Santiago.

No obstante, los escasos documentos que se conservan, unidos al silencio y el olvido durante décadas de dictadura, suman confusión sobre este asunto; más si cabe por la dureza del término “campo de concentración”, que se suele asociar a los “campos de exterminio” nazis, sin ser exactamente lo mismo. El Diccionario de la Real Academia Española define “campo de concentración” como “recinto cerrado para reclusos, especialmente presos políticos y prisioneros de guerra”. En cambio, los de exterminio se destinaban a la aniquilación.

Atendiendo a esta descripción, como indica Félix J. Montero, sí podemos considerar al de Oromana como “un campo de concentración con todas las de la ley, de la A a la Z”, pues allí “estaba la gente castigada por el gobierno, de media entre uno y dos años”. El historiador, autor de Alcalá de Guadaíra, 21 de julio de 1936: Historias de una venganza, matiza que “no existe constancia de que los presos realizaran trabajos forzados en infraestructuras o carreteras aledañas, como les ocurrió a los del Canal de los Presos del Bajo Guadalquivir”; pero no titubea al señalar el carácter correctivo del batallón y que allí fueran a parar, sobre todo, hombres de fuera de Andalucía, “en plena juventud, a los que se truncó la vida por este motivo y a los que se les intentaba alejar lo máximo posible de su tierra y sus allegados”.

El político Josep Subirats recordó en sus memorias el paso por el Batallón de Oromana / ACN

Entre los testimonios que recopiló Félix J. Montero para su libro, se encuentra el de Josep Subirats, quien fue trasladado desde Vich a Alcalá en 1942, después de que lo hubieran hecho prisionero las tropas moras. Fallecido en 2017, Subirats repasó en sus memorias –Entre vivencias: la Guerra Civil, las prisiones franquistas, la Transición y la Unión Europea, 2003– una intensa vida en la que ejerció, más allá de la contienda, como economista, senador o decano del Tribunal de Cuentas Europeo, además de ser uno de los integrantes de la comisión que redactó el proyecto del Estatuto de Autonomía de Cataluña en 1979.

Uno de los capítulos principales de esas memorias de Subirtas se refiere a su paso por Alcalá. Su testimonio contradice, en buena medida, las suposiciones de que el batallón fuera una simple “mili”, donde se disfrutaba de cierta permisividad, libre de vallas.

Al llegar nos dieron los uniformes de presidiarios: unos pantalones de un gris oscuro y una chaqueta del mismo color con una gran “P” en el pecho. Nos encerraron rodeados de alambradas en unos pinares situados a un kilómetro escaso de la población. Nos instalaron en tiendas de campaña de lona. Dormíamos sobre un pedregal y, debajo de las piedras, había enjambres de alacranes. Cada noche había algún penado que sufría sus picaduras. En una enfermería misérrima se les inyectaba un antídoto y antes de reponerse pasaban veinticuatro horas con graves dolores y el cuerpo ennegrecido. No todos se recuperaban. Un penado de los de mi tiempo murió. El médico dio parte de la defunción.

Cuenta Subirats que, a diario, los “internados” debían ir a una fuente cercana –la del Piojo– para llenar de agua una cisterna de la que tiraban en un carro, al no disponer de mulos. Ese momento, del que se conserva incluso una foto, era uno de los instantes en que los presos entraban en contacto con la población alcalareña. Lo cual no quiere decir que hubiera una comunicación constante con el exterior, como sugieren algunas voces, ya que la vigilancia de los soldados de escolta, armados con fusiles, impedía mayores licencias. Más bien, sucedía lo contrario, pues, como apuntaba Subirats, si los presos no se comportaban según lo ordenado les esperaba un duro castigo.

En uno de los viajes mi grupo, al parecer, no realizó de forma satisfactoria nuestra tarea y nos enviaron al recinto de castigo. [Los encerrados en el “recinto de castigo” teníamos como misión, de día, abrir zanjas que servían de letrinas… y, de noche, cubrir las zanjas de nuevo. Además debíamos arrancar las raíces de los pinos cortados por sus propietarios para obtener leña para nuestras cocinas]. Además se nos obligó a correr sin parar entre dos árboles separados entre sí unos cien metros; al rato corríamos en medio de una nube de polvo que no nos dejaba ver ni el árbol más cercano. Esta sanción era normal entonces y duraba hasta que uno tras otro íbamos cayendo desmayados. Era frecuente también el castigo que obligaba a dos presos a pegarse mutuamente en presencia de un guardián, el cual, con la culata del fusil, añadía golpes si opinaba que los de los presos no eran lo bastante fuertes.

 

Cobayas humanas

La dureza represiva, el hambre, el frío, el aislamiento y unas condiciones higiénicas deplorables eran la tónica habitual en estos batallones. En el de Alcalá, por ejemplo, los presos se hacinaban en unas tiendas de lona, donde se propagaron enfermedades con facilidad. En el tiempo que estuvo en Oromana, hasta marzo de 1943, Subirats asistió a sendas epidemias de disentería y de tifus exantemático –popularmente llamada “enfermedad del piojo verde”–, que causaron la muerte a varias personas.

En reacción a esta última, los militares al mando impusieron una “cuarentena rígida”, en la que los presos, aislados, solo podían comer “habas hervidas sin pelar”, al tiempo que se les dejaba desnudos, a la vista de mujeres y niños que pasaban por los caminos cercanos, mientras se desinfectaban sus ropas en autoclaves. También, como consecuencia de aquella epidemia, llegó hasta Oromana “un grupo de médicos alemanes” que, en palabras de Subirats, “ensayó con nosotros una vacuna contra el tifus”, a modo de cobayas humanas, provocando desmayos tras la inyección.

Otro de los rasgos de los batallones era su movilidad en cortos periodos de tiempo. Como advierten Beaumont y Mendiola, las unidades se desplazaban de lugar una vez terminada la labor que le hubiera encomendado el Ministerio del Ejército, o bien la Jefatura de Campos de Concentración y Batallones Disciplinarios, de la que dependían directamente. Estos traslados rápidos explican el hecho de que el batallón se mantuviera en Alcalá solo unos años, acaso menos de una década, ya desde el transcurso de la guerra hasta 1943. Hay expedientes abiertos a presos de este Batallón número 113 en 1938. Se desconoce la razón exacta por la que se instaló allí ese recinto. Y, por otra parte, no hay documentos que atestigüen que los presos fueran sometidos a trabajos forzados en una obra pública determinada, más allá de la obligatoria instrucción militar, las tareas rutinarias –en algunos casos, según se comentaba, para beneficio de algunas familias de jerarcas locales– o los castigos en el mismo recinto.

Aunque no haya información al respecto, todo apunta a que el Batallón de Oromana pudo surgir por la “alta ocupación” de los campos de concentración existentes en la provincia de Sevilla en los primeros años de posguerra. El elevado número de presos en lugares como Los Merinales, en Dos Hermanas; El Colector, en Heliópolis, junto al actual puente del Quinto Centenario; La Corchuela, entre Dos Hermanas y Los Palacios; o Las Arenas, en La Algaba, explicaría aquel asentamiento en Alcalá. Que no por idílico, en cuanto a paisaje, ni por breve, merece el olvido.

Salvo las aportaciones de Félix J. Montero, Francisco García Rivero o las de Antonio Avendaño en el documental Campos sin memoria –película que, por cierto, se proyectó en 2016 muy cerca del lugar de los hechos, en la sede de Alwadi-Ira, en la avenida de Portugal–, pocos han sido los trabajos que han ahondado en este espinoso asunto de la historia local, y menos aún los actos de homenaje promovidos desde el Ayuntamiento.

Y es que en cuestiones como esta, algo que puede parecer baladí, como la denominación, importa y mucho, ya que por el hecho de no ser considerados campos de concentración, las personas que pasaron por los batallones disciplinarios no fueron consideradas a posteriori víctimas de la represión franquista. Y, en consecuencia, tanto el gobierno central como buena parte de las comunidades autónomas las apartaron de los reconocimientos oficiales y el pago de las debidas indemnizaciones.

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José Romero

Periodista y guionista, coordinador de '41500 Revista digital de Alcalá'