Comercio Local

Piel de perro

 Piel de perro

Años ochenta, niños en la calle José Lafita. Foto: José Antonio García Cordero

Para los que desbravamos nuestros primeros años en aquellos destartalados barrios de los setenta y ochenta, la vida estaba siempre ahí fuera, más allá, y había que salir a buscarla.

La casa era apenas un lugar al que volver: la provisoria certidumbre de lo conocido y pactado; una suerte de remanso de tiempo en el que nunca faltaban el plato de chícharos, más o menos lleno, y la onza de chocolate; el runrún de la vieja Refrey y las manos generosas de la madre, olorosas a lana, Agua de la Paloma y cebolla. En algún rincón, la radio, desgranando su interminable nana para costureras; la tele, casi siempre apagada.

La vida, sin embargo, la vida de verdad, y las palabras que necesitábamos para nombrarla, esperaban más allá del portal: en los desmontes y escombreras donde nos jugábamos la hombría a pedradas, en los primeros apretones de manos, sellados con saliva; en las larguísimas noches de agosto en que aprendimos a soñar con mujeres, al arrullo de los grillos y el duro crepitar de las luciérnagas.

Hoy parece mentira, pero hubo un tiempo en que vivíamos a ras de suelo, y arrastrábamos nuestros escuálidos culos de poyete en poyete, de zaguán en zaguán, intercambiando cromos y confidencias en corro –rudimentarios axiomas del amor y la lealtad–, y con una lasca de yeso, pintarrajeábamos nuestras ingenuas consignas sobre el asfalto caliente, entre cagajones de burro y manchas de aceite de motor, y roneábamos de nuestras primeras cicatrices –rodillas y codos despellejados, y alguna coronilla remendada–, cobradas al infame comercio con las calles a medio pavimentar, y el inclemente resol de los descampados y las canteras de albero.

Mucho ha llovido desde entonces. Ni nuestras calles ni el mundo son ya los mismos.

Y, sin embargo, para los que corrimos, descalzos y renegridos, tras la huella huidiza de las horas, pareciera que la vida sigue estando un poco más allá, siempre fuera de cuadro; justo ahí donde la maltrecha pelota de goma escapa momentáneamente al mordisco del perro, al otro lado de las risas congeladas y el azul gastado de las fotografías.

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Juan Álvarez

Poeta, autor de 'Por qué cortarse una oreja' (Valparaíso, 2018)