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Poeta y gitano

 Poeta y gitano

Manuel Fernández García. Foto: José Antonio García Cordero.

Quien nos mira desde esta vieja fotografía, al otro lado del tiempo, es –o fue– don Manuel Fernández García, el poeta gitano de Alcalá.

Poeta y gitano, dos formas complicadas de manejarse en la vida.

Luce aquí, sin embargo, don Manuel con una modesta e inapelable prestancia que parece negar, o al menos dejar muy lejos, la sucia resaca de tantas noches en vela y la mísera peseta del señorito. Y, donde otros posaran junto a su escudo de armas, él se deja retratar como por casualidad, orgulloso a su manera, al pie de un cartel adornado con los nombres más grandes del cante grande de la época; la severa corbata, algo impostada, el traje de domingo tocado con el flamenquísimo pañuelo de lunares, y la expresión grave pero serena de quien puede echar la vista atrás y decirse a la cara que se ha batido el cobre por derecho para ganarse la vida –una vida, ni mejor ni peor que la de cualquiera–. “Ahí queda eso”, parece decirnos. Y “eso” es el cariño sincero de sus compañeros de profesión, la admiración sin dobleces de sus paisanos y alguna que otra letra que aún rueda de boca en boca en el concilio de los cabales.

No llegué a conocerlo. Para mí, como para muchos de mi generación, don Manuel es apenas un recuerdo prestado, un nombre repetido por las esquinas del pueblo; si acaso, esa rotunda y fantasmal presencia de dandy del arroyo, ebria de poesía y traspasada como del rayo por la gracia innata del compás, que llenara unos minutos en un viejo programa de televisión –todavía en blanco y negro–. Una sombra, no más.

No, no lo conocí. Y bien que me pesa.

Pero sé –o creo saber– lo que le diría si lo tuviera ahora mismo delante, dos o tres vinos mediante, y mucho humo y tabacazo negro: que la gloria es esto, maestro; algo tan simple y milagroso como que un tipo cualquiera, inclinado a medianoche sobre su teclado, se queme las pestañas intentando hilar un par de frases que alcancen a recodarlo, a evocarlo tal y como fue; siquiera una palabra que pueda devolverlo un instante de entre los muertos.

Y sé también –o imagino tal vez– la respuesta de aquel hombre franco y bienhumorado; la media sonrisa socarrona dibujada en el rostro:

–¡Anda ya!

Esto es lo que contestaría: “anda ya”. Y no le faltaría razón.

Que, si uno nace poeta y gitano, ya sabe a lo que viene.

Y se muere poeta y gitano.

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Juan Álvarez

Poeta, autor de 'Por qué cortarse una oreja' (Valparaíso, 2018)