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El retablo de las maravillas

 El retablo de las maravillas

Dedico estos días de encierro forzoso y forzado a completar algunas tareas mundanas que las obligaciones laborales habían postergado en mi lista de prioridades. Resulta que ese momento más apropiado ha llegado en los tiempos de la pandemia, permitiendo que invierta mañanas y tardes enteras en revisitar las baldas de mi librería, hasta hace tan solo unas semanas atestadas de novelas, poemarios, ensayos y manuales desordenados. Sé que no tardará mucho en restablecerse ese caos originario, propio de una biblioteca viva, cambiante, dinámica, pero no puedo sustraerme al placer de contemplar mis títulos perfectamente alineados, como fotografías de un viaje que, a lo largo de mi vida, me ha permitido recorrer algunas de las regiones más hermosas de la literatura.

Hoy, 23 de abril, conmemoramos el Día del Libro. Todos sabemos que en tal fecha del año 1616 murió William Shakespeare y recibió sepultura Miguel de Cervantes. Digo bien lo de fecha, porque en realidad estas efemérides no coincidieron en el mismo día, ya que en Inglaterra todavía se utilizaba el antiguo calendario juliano y España había cambiado en 1582 al gregoriano. No obstante, con buen criterio se eligió esa fecha para celebrar la literatura como modo genuino de expresión humana. Plantado ante mi biblioteca, pienso con melancolía que esta mañana mi instituto de Alcalá me hubiese recibido con sus paredes repletas de portadas de libros. Así lo había programado, pero una vez más la realidad se impone y los murales de mis alumnos tendrán que esperar a otra ocasión más propicia.

Acuden también a mi cabeza las andanzas de Miguel Cervantes, viajero impenitente que visitaría muy posiblemente en varias ocasiones las tierras de Alcalá de Guadaíra, una villa que se cita expresamente en la lista de pueblos que el insigne escritor, nacido presumiblemente en otra Alcalá, la madrileña apellidada de Henares, debía recorrer para hacer acopio de trigo, cebada y queso para alimentar a las tripulaciones de los barcos españoles. Cervantes fue el aposento ideal de aquella abigarrada sociedad de los tiempos imperiales, con sus santos, pícaros, duques, poetas, tullidos, falsos hidalgos, prostitutas… Una amplia galería de personajes que conformaba lo más excelso y lo más grotesco del paisaje humano del Siglo de Oro, y que desde aquel momento perduraría en aquel tabernáculo literario que constituyen las grandes obras del genio cervantino.

Confinado dentro de este corral de comedias en el que se ha convertido nuestro mundo, mientras unos y otros intercambian engaños propios del Retablo de las maravillas de Cervantes, me desconsuela no ser capaz de discernir la realidad de la ficción. Guy Debord ya nos lo advirtió al hablarnos de la sociedad del espectáculo. El filósofo francés dibujó una época en la que las personas dejaríamos de relacionarnos como realidades para pasar a hacerlo como representación de las mismas. Desgraciadamente esa época en la que el ser ha sido desplazado por el parecer ha llegado para quedarse. Frente a ese mal de nuestro tiempo, el libro debe servir para contrarrestar la pérdida de espontaneidad en las relaciones humanas y nuestra percepción adulterada del mundo, ya que al leer recordamos que el auténtico conocimiento solo puede proceder del viaje, del encuentro con el Otro y del diálogo que entablamos con nuestros semejantes. Sigamos, pues, los pasos de Cervantes y refugiémonos en sus historias, pues no hay mejor patria para el ser humano que los libros.

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Javier Vidal

Doctor en Periodismo por la Universidad de Sevilla. En la actualidad ejerce la docencia como profesor de Lengua castellana y Literatura en El Madroño, sección de educación secundaria del IES Al-Guadaíra.