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Trenes perdidos

 Trenes perdidos

Ruinas de la estación de San Francisco. Foto: José Antonio García Cordero.

El viejo tren de Alcalá se paró definitivamente en la estación de San Francisco de Guadaíra allá por el año 1975. Ya para entonces apenas recogía en su ruta a unos pocos viajeros nostálgicos –menos seres de carne y hueso que sombras– y salvo su inevitable aura romántica, poco o nada conservaba de aquel ingenio de hierro, madera y humo que asombrara a los paisanos de finales del XIX, y diera alas y horizonte a la pujante industria panadera de aquellos días.

Su decadencia fue lenta y triste. E implacable. ¿Qué queda en pie de sus premiosos y obstinados trabajos? Poco más que un puñado de viejas historias, los mínimos y herrumbrosos tramos de vía, comidos por la maleza, que aún insinúan a duras penas su antiguo trazado, y alguna que otra fotografía como la que da pie a estos atolondrados pensamientos. Poco más que nada.

Y no sé si merece la pena, si tengo siquiera derecho a traer aquí su pequeña historia –yo que nací, perdonadme, con la súbita y definitiva expansión del asfalto, las anchas e iluminadas carreteras, y las estaciones de servicio–; si es lícito, y aun recomendable, echar de menos aquello que nunca se ha conocido.

Sólo sé que, más de una vez –despierto o dormido, qué más da–, he creído oír su largo y perentorio silbato, puntual como el día del juicio, y me he sorprendido a mí mismo de pie sobre sus fantasmales andenes, avizorando un cielo manchado de hollín y tabaco de picadura que no me pertenece, que nunca me perteneció; tembloroso y feliz, embriagado hasta los tuétanos por el olor a anís y pan recién hecho de las bestias hacinadas en los vagones a cielo abierto, y la afilada soleá del amanecer.

Que he garabateado estas líneas, que también ha de tragarse el tiempo, por correr las traviesas junto a la alegre chiquillería de aquellos años de hambre y escasas esperanzas, y burlar el ceñudo rostro del revisor y encaramarme, como un harapiento polizón de tebeo, a los lomos de aquel animal antediluviano; unos minutos, no más, apenas un centenar de metros: lo suficiente para sentirme un hombre en busca de un horizonte, de unas alas, de algo parecido a una vida, antes de saltar de vuelta a la dura tierra.

Debe de haber una palabra para describir la nostalgia de lo no vivido. No la conozco, lo confieso, y no quiero conocerla. Y es que temo que, de nombrarlo, este frágil ensueño mío se me escape como agua entre los dedos, llevándose consigo la memoria de aquel tren, mi tren: el viejo tren de los panaderos.

Uno de los tantos que perdí.

Quizá el primero.

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Juan Álvarez

Poeta, autor de 'Por qué cortarse una oreja' (Valparaíso, 2018)