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Una madre de vacaciones

 Una madre de vacaciones

A menudo me pregunto cómo será la reencarnación. Me pongo a pensar en qué cosas importantes me quedan por hacer, si me dará tiempo a emprender todos mis proyectos en esta la única vida que ahora mismo tengo. Trato de imaginar cómo aprovecharía una segunda oportunidad del destino… Me asaltan estos trascendentales pensamientos particularmente en momentos de estrés familiar, en los cumpleaños infantiles multitudinarios, en plenas vacaciones, cuando se supone que debo estar disfrutando de la hermosa familia que tengo y que, por otra parte, he elegido formar. No me malinterpreten: quiero mucho a mi familia y la valoro como lo más preciado que tengo. Pero entonces, ¿por qué motivo anhelo la reencarnación mientras reparto con frenesí tarta de galleta en una fiesta o aplico amorosamente crema solar a mis hijas? Será que estoy perdiendo la cabeza.

Pero no. En realidad he llegado a la conclusión de que pienso en la reencarnación precisamente para no perder el juicio. La fantasía de esta posible segunda vida se me presenta siempre sin hijos, sin marido, sin casa…. Sin ataduras y con muchas amigas alrededor. Así, a lo loco por el mundo. Reencarnarme en una nueva mujer, la cual recuerda que en su vida anterior tuvo descendencia, familia, pareja, obligaciones; sabiendo lo que sé ahora, porque la experiencia es un grado. Y no soy la única, sino que a mi alrededor muchas otras mujeres exclaman: “¡Ay, si yo tuviera otra vida! Me quedo soltera, ¡eso  lo saben hasta en China!”.

Esta fantasía que me asalta viene indefectiblemente seguida por otro pensamiento inmediato, que es la comparación del matrimonio convencional y la maternidad actual con la esclavitud. Es importante recordar que, no por casualidad, los inicios del Feminismo en Occidente, allá por la primera mitad del siglo XIX y en concreto en los Estados Unidos, estuvieron íntimamente ligados al movimiento por la abolición de la esclavitud, puesto que se percibía una analogía entre las y los esclavos y la falta de derechos civiles para las mujeres. Me pregunto: ¿soy acaso una esclava del siglo XXI? En absoluto, tengo la certeza de que no lo soy, soy consciente de que mi situación es incomparable, privilegiada… Y no obstante me falta algo importante. Me doy cuenta de que me falta imaginar por mí misma cuál sería mi vida ideal. Debería frenar el ajetreo diario y pararme a pensar en qué es lo que realmente quiero hacer para ser feliz, si lo quiero hacer acompañada o sola, si lo quiero hacer mañana o ahora. Esto significa en realidad lo de reencarnarme: procurarme una nueva vida para, esta vez sí, decidir por mí misma.

Es fundamental para las mujeres repensar su propia vida para, paralelamente, poder repensar el mundo. En este sentido, hay dos aportaciones que considero valiosísimas. En primer lugar, la idea planteada por Virginia Woolf de que es imprescindible disponer de un espacio y un tiempo propios para ser una misma y para reflexionar o para crear. ¿Cuántas mujeres con familia gozan en la actualidad de esas condiciones necesarias? Porque yo misma, mientras escribo estas palabras, he puesto una lavadora, he pensado en el menú de hoy y estoy controlando la actividad de mis hijas, las cuales han interrumpido mi labor tres o cuatro veces, y otras cinco o seis veces más la han interrumpido mis propios pensamientos sobre tareas domésticas, cuidado de mascotas y compromisos familiares. ¡He tardado tres días en terminar de escribir una página! ¿Cuándo tendremos, pues, las mujeres un tiempo y un espacio propios para detenernos a pensar en lo que nosotras queremos, para desarrollar teorías o para, sin ser demasiado ambiciosas, pasar el rato como nos apetezca? En resumen: para empezar, las mujeres debemos luchar por hacernos con un rato y un lugar propios, sin intromisiones, para pensar por nosotras mismas y aportar lo mejor de nosotras a la sociedad. Cuando esto ocurra, de nuestras cabezas podría salir un mundo inimaginable o, al menos, un mundo propio.

¿Cómo sería un mundo pensado por mujeres? Esta pregunta, evidentemente, no tiene una respuesta ni unívoca ni fácil. Sin embargo, se trata de la segunda cuestión vital para mejorar nuestras vidas. Deberíamos pensar entre todas un mundo amable y más justo fuera de los rigurosos esquemas patriarcales. En el divertido libro El país de las mujeres, la conocida escritora nicaragüense Gioconda Belli recrea un país en el que, por fin, gobiernan mujeres y éstas feminizan el poder. Se trata de una provocativa novela en la que se percibe un gran esfuerzo por analizar y organizar la vida desde una perspectiva femenina. De ahí que, recordando a Gioconda Belli, me dé a mí en verano por imaginar exactamente qué tipo de vacaciones quiero. Unas vacaciones de estrés, sol y playa no son lo mío. ¿Cómo serían mis vacaciones ideales?

Desde mi mesa de trabajo, resistiendo la intromisión de niñas y pensamientos varios, lo que sí he conseguido dilucidar es que cuidar cansa mucho. Por eso, mi descanso estival consistiría en dejar de cuidar a los demás durante unas semanas. Como si me hubiese reencarnado, de pronto, en una soltera con pasta que se va de vacaciones con sus amigas. Mucho cachondeo, amor y que cada una se cuide solita. O mejor: a cuidarnos todas mutuamente, que a todas nos hace falta.

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Begoña Iza

Licenciada en Historia del Arte y profesora de Geografía e Historia en el IES Cristóbal de Monroy. Activista y defensora de un mundo justo.